Biografía

BIOGRAFÍA
HNO. JUAN PROSPERO FROMENTAL CAYROCHE
(Bernardo Felipe)

2.- LOS AÑOS DE FORMACIÓN (1908-1913)

Octubre de 1908: Juan Fromental acaba de cumplir los 13 años. Siguiendo el ejemplo de su primo -habría afirmado- y también el de otros coterráneos de la comuna de Servieres, quiere ingresar en el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

¿A quién acude, concretamente, para realizar esa determinación? Lo ignoramos. Sabemos, sí, que el 21 de octubre de ese año llegó al "Noviciado Menor" de Vals, cerca del Puy, en el vecino departamento del Alto Loira. Exactamente el mismo camino que recorrerán durante varias décadas, numerosos jovencitos de la Lozere. Viaje de apenas cien kilómetros, para Juan Fromental -poco, comparado con los largos desplazamientos que realizará posteriormente-, pero que debió parecer larguísimo a aquel adolescente de un medio rural que, seguramente, no había ido más allá de Mende. Las familias campesinas de esa época no acostumbraban viajar, a no ser para visitar alguna feria célebre o participar en alguna peregrinación, lo que no significaba recorrer semejante distancia.

Vals, cerca del Puy:

Para mí, la ciudad del Puy es una de las más pintorescas de Francia, célebre por las fiestas de la Virgen Negra, la Roca Corneille y la estatua de nuestra Señora que la corona, el pico y la iglesia de San Miguel de Aiguilhe. En lontananza, las ruinas del castillo de Polignac, y, en el centro mismo de la población, la anchurosa plaza del Brasil donde se dan cita diariamente los "rucos" ya jubilados y atraídos por los empedernidos jugadores de bochas. El Puy, ciudad humana, pintoresca y acogedora con la alegre pincelada de sus tejas rojizas que resaltan sobre el fondo negruzco de las rocas basálticas.

Vals, cerca del Puy: localidad limítrofe -ya con administración autónoma en 1908-, pero materialmente forma un todo con su vecina. Precisamente en Vals, los H.E.C. abrieron en 1885, un "Noviciado Menor", verdadero semillero para el Distrito del Puy. Lo inauguró el Hno. Bernard-Louis, nombrado, poco tiempo después, Visitador del Distrito de la India. En sus primeros años de existencia, el Noviciado Menor funciona, en realidad, en la amplia casa de los Padres Jesuitas, y no en el edificio del Instituto Agrícola de los Hermanos, que conocieron, posteriormente, numerosas promociones de Aspirantes a Hermano.

El propio Hno. Bernard-Louis indicó, al regresar de la India, las especificaciones para construir el Instituto Agrícola. Concluido su período, como Visitador en la India, volvió a Vals en 1895 para fungir nuevamente como Director en los locales recientemente terminados, pero, transcurridos tres años, partió en 1898 para asumir nuevamente las funciones de Visitador, primero en Besancon y, durante muy poco tiempo (1907-1908), en el Canadá, antes de establecerse definitivamente en París (rue de Sevres), donde falleció en los primeros días de 1915.

Poco tiempo funcionarán tranquilamente las nuevas instalaciones del Instituto Agrícola de Vals: al igual que el conjunto de las casas religiosas, la obra sucumbe bajo la ley de laicización de 1904 y los decretos para aplicarla.

Por ello, en un primer momento, los Novicios Menores de Vals, así como los de otras casas de formación, reciben la invitación de regresar a sus familias. El Noviciado Menor deja de existir provisionalmente, aun cuando el Instituto Agrícola logre continuar sus actividades y escapar a los decretos de "liquidación".

Fue posible, por tanto, que el Noviciado Menor recomenzara en 1907. Ese año, es nombrado Director de Vals el Hno. Novatien-Jean Romeyer, que había dirigido el Noviciado Menor de Mende (1897-1904) y la escuela de Langogne (Lozere) (1904-1907). Y, efectivamente, el Noviciado Menor reinicia sus actividades en los pabellones del Instituto Agrícola, bajo el apelativo de "Curso Especial", mismo que conservará durante medio siglo. Nueve años permanece como Director el Hno. Romeyer: en 1916, la enfermedad lo obligará a trasladarse a la casa de descanso conocida como "Los Carmelitas" en la propia ciudad del Puy, allí morirá en octubre del mismo año.

Estos breves datos históricos permiten captar cuán frágil e incierta era la situación del Noviciado Menor. Por otra parte, fue una época difícil en Francia, para todos los establecimientos de las congregaciones religiosas. Ante las amenazas de "liquidación", se intentaron diferentes soluciones, pese a lo cual, se vivía en la incertidumbre bajo el temor de una posible expulsión. Juan Fromental vivió así una situación que debería repetirse, en México, veinte años después.

Precisamente en estas circunstancias y siendo Director el Hno. Romeyer, llegó Juan a Vals en el otoño de 1908. Se proponen dos fechas: 21 de octubre y 2 de noviembre; parece más verosímil la primera, aun cuando la diferencia es, apenas, de diez días.
¿Por qué en este período del año y no a finales de septiembre para poder iniciar el curso escolar el 1o. de octubre? Juiciosamente puede suponerse -dado que aconteció otras veces- que la familia Fromental esperó que concluyeran las faenas agrícolas del verano y las recolecciones de frutos que, en la Lozere, se prolongan hasta octubre, para aprovechar aún la ayuda de Juanillo.
Pero, más importante que la fecha de su ingreso es la brevedad de su permanencia: tres meses escasos.

Premiá de Mar

¿Por qué abandonó Juan Fromental la casa de Vals cerca del Puy, para trasladarse a Premiá? Realizó el viaje con un grupo de Novicios Menores y entre el 20 y el 23 de enero de 1909.

¿Se ofreció voluntariamente o fue, simplemente, designado por los Superiores, para este nuevo "inicio" que conllevaba normalmente el posterior envío a las "misiones"? Sería interesante saberlo y conocer cuáles fueron sus motivaciones.

Una cosa era evidente: abandonaban el rudo clima y los paisajes montañosos del Velay y del Gévaudan, para descubrir el sol rutilante, el calor y las playas de la Costa Brava... sin la invasión turística posterior. Premiá de Mar, localidad situada a unos 20 km. al norte de Barcelona. Allí funcionaban dos Casas de Formación -Noviciado Menor y Noviciado- para preparar misioneros; allí afluían jóvenes españoles y, también, numerosos franceses procedentes, sobre todo, de los Distritos del Puy y de Clermont-Ferrand. Todos proseguían allí sus estudios, iniciados frecuentemente en Francia, y podían aprender el español. La responsabilidad organizativa recaía, básicamente, en varios Hermanos del Distrito de Clermont-Ferrand.

Un encuentro significativo.

En 1909-1910, el más eminente entre los profesores del Noviciado Menor era, indudablemente, el santo Hno. Miguel Febres Cordero, cuya frágil salud no había soportado el clima de Lembecq-lez-Hal (Bélgica), y a quien los Superiores habían trasladado para que se beneficiara con la cálida atmósfera catalana. Con todo, allí moriría, poco tiempo después, el 9 de febrero de 1910. Su biografía -que redactó el Hno. Maurice Hermans- nos ofrece datos interesantes acerca de la casa de Premiá y lo que en ella ocurrió entre 1909 y 1912, cuando Juan Fromental vivió allí.

El Hno. Miguel colaboraba directamente en la formación de los jóvenes recién llegados. Juan Fromental contó entre sus alumnos. A lo largo de su vida y cuando recordaba ese período (1909-1910), se ufanaba de haber tenido como profesor de español, a un auténtico "Académico" ecuatoriano, conocedor excepcional de esa lengua.

La casa de Premiá.

La pluma del santo Hno. Miguel -llegado durante el verano de 1908- posee especial cualificación para describirnos la casa. Leamos lo que escribió a algunos de sus amigos ecuatorianos: "Heme aquí en un rinconcito de la Madre Patria y en una casa muy cómoda. El edificio tiene 69 metros de largo por 17 de ancho, con alegres y espaciosos corredores. La capilla es perpendicular a esta construcción. Tenemos el Mediterráneo a pocos metros de distancia. Desde la habitación en que estoy lo veo continuamente y oigo el ruido de las olas, a veces un tanto agitadas. Esta proximidad al mar es causa de la brisa fresca que templa el calor en los meses de verano y lo hace muy soportable".

A esa casa llega Juan Fromental en enero de 1909, seis o siete meses después del santo Hno. Miguel. Este enseña el español en primer año: el grupo de los recién llegados. Trabarán conocimiento durante un año. El propio profesor nos habla acerca de su trabajo: imparte, en promedio, tres horas de español al día, y hasta cuatro, en algunos períodos.

"Tenemos sesenta y tres Novicios Menores -escribe-: dieciocho españoles y los demás, franceses. Están distribuidos en tres grupos. Soy profesor de castellano en el primero que cuenta veinticinco alumnos, seis de ellos, españoles. Da gusto ver con cuánta aplicación estudian la gramática castellana y qué bien la entienden. Con esas tres horas de clase al día, ya puede imaginar que no me queda mucho tiempo para el trabajo de escritorio. Así lo quiere Dios: ¡fiat, fiat!" (Carta del 20.09.1908).

El Hermano subdirector de la casa, habla así del santo profesor: "Como maestro, amaba y educaba a los niños con una enorme paciencia. Poseía, igualmente, un don extraordinario para interrogar a los alumnos menos brillantes y provocar la respuesta que él esperaba. Se mostraba siempre justo y equitativo. Castigaba muy poco. Empleaba una suave severidad. Los alumnos lo respetaban mucho porque los trataba paternalmente. Su ascendiente moral sobre los niños provenía de su santidad, pero igualmente de su saber."

Una semana trágica.

¡Tal parece que la inseguridad perseguía al Novicio Menor de 14 años! Tras la turbia situación de las instituciones congregacionales de Francia, le tocó vivir la que, algunos historiadores, han llamado "semana trágica". Aconteció a sólo cinco meses de su llegada a Premiá, y sacudió, primero, a la ciudad de Barcelona. Motines, manifestaciones, incendio de iglesias y de conventos...., la desazón hizo presa en las comunidades religiosas. La ola de pánico llegó hasta la casa de Premiá de Mar.
En la semblanza necrológica del Hno. Gervais-Marie, futuro Visitador de Clermont-Ferrand y profesor en Premiá en este trágico período, leemos el siguiente párrafo: "Al percibir el peligro que los amenazaba, los Hermanos de Premiá organizaron la intercesión perpetua ante la imagen de Nuestra Señora del Puerto, Patrona de la casa. Rezaban el Rosario con mucho fervor, alimentado por las palabras alentadoras del Hno. Miguel, quien repetía: "¡Confianza, no sufriremos ningún daño!". Pese a lo cual, los Superiores responsables decidieron no exponerse por más tiempo y organizaron el traslado, por mar, hasta Barcelona, donde serían recibidos en el Colegio de la Bonanova. Poco tiempo después, la tranquilidad volvió a la ciudad y el regreso a Premiá se realizó alegremente, dando gracias a la Santísima Virgen. Los estudios se reiniciaron normalmente".

Se trataba de una verdadera insurrección, capitaneada por los movimientos anarquistas que habían logrado una poderosa organización. Los ataques contra las casas religiosas habían sido ciegos y brutales. En pocos días, y únicamente en Barcelona, fueron incendiadas 17 iglesias y 44 conventos invadidos y saqueados. Esos informes tenían todo para intranquilizar a los habitantes de Premiá, tanto más cuanto que corrían los rumores de un ataque inminente a la casa.

Conforme a la opinión del Hno. subdirector de esa época, los Hermanos y los formandos estaban preparados para huir a las montañas. En esas circunstancias, las autoridades civiles de Barcelona enviaron un crucero frente a Premiá como escolta para el remolcador que debía transportar a las personas hasta un lugar seguro.

Refiriéndose a la travesía hacia Barcelona, el propio Hno. Miguel escribió: "Llevamos con nosotros la Sagrada Reserva de nuestra Capilla, oculta en un maletín. Me cupo el honor de ser el guardián del Santísimo Sacramento en la embarcación que nos condujo a Barcelona. Durante la travesía, casi todos los jovencitos se marearon. Iban en ayunas y habían pasado dos o tres noches recostados en sus pupitres de las clases, por temor de alguna alerta nocturna. Uno de los más pequeños que iba a mi lado, se recostó sobre el maletín que resguardaba al divino Maestro, y, desconociéndolo, se quedó dormido. Creí ver a San Juan recostado sobre el divino Corazón de Jesús". (20.08.1909)

Aquel pequeñín era, precisamente, Juan Fromental. Así lo declaran varios testimonios y, parece que el propio Juan conservó ese recuerdo y se complacía en referirlo. En todo aquel trayecto, el Hno. Miguel conservó una gran serenidad y procuró tranquilizar a aquellos adolescentes. Un testigo ocular señala: "Durante aquella semana trágica, lo vi ofrecer sus servicios para hablar con los formandos y disipar sus temores, mientras permanecían detenidos en los cobertizos de la aduana en el puerto de Barcelona".
Y es que, por prudencia, hubo que esperar la noche para dirigirse, a pie y escoltados por los gendarmes, hasta el Colegio de la Bonanova. E incluso, los Hermanos debieron revestir diferentes atuendos para no ser reconocidos.

No se trata, aquí, de una biografía del Hno. Miguel, pero estos sucesos nos permiten imaginar cómo vivió Juan Fromental en Premiá, especialmente ese difícil episodio de la semana trágica.

Al igual que sus compañeros, veló el cuerpo y asistió a las exequias de su profesor de español: aquel Hno. Miguel Febres Cordero que ya gozaba de gran fama de santidad. Acontecimientos todos, que marcan indeleblemente la vida de cualquier adolescente.

El Noviciado.

El primer profesor de castellano fue inhumado el 11 de febrero de 1910. Juan Fromental se había beneficiado con sus cualidades pedagógicas y debía manejar ya con soltura su nueva lengua: su dialecto occitano de la Lozere le significó otra ayuda, especialmente para la pronunciación. Sus estudios se prolongarían durante más de un año.

Con frecuencia se habla de Premiá como de un "Noviciado Apostólico": al lado del Noviciado Menor -denominación que ya no se usa, pero que debía consignarse para no incurrir en anacronismos-, funcionaba, pues, el Noviciado.

Una vez cumplidos los 16 años y, conforme a lo acostumbrado entonces, Juan Fromental fue admitido a vivir un breve período como postulante -del 20 de julio al 31 de agosto-, antes de iniciar su Noviciado.

Revistió el Santo Hábito el 31 de agosto, y pasó a ser, en el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, el Hno. Bernardo Felipe. Sería, por demás interesante, poseer mayor información acerca de ese año de "probación". La ficha personal de Juan Fromental señala, únicamente, que terminó su Noviciado el 20 de septiembre de 1912 al emitir sus primeros votos anuales.

LEMBECQ-LEZ-HAL (BÉLGICA) 1912-1913

El año de ESCOLASTICADO.

A causa de las leyes persecutorias de Francia en 1904, la Casa Generalicia de los F.S.C. había sido trasladada de París a Lembecq. Los edificios de la calle Oudinot, regresaban a su legítimo propietario: la municipalidad de París.

En los pabellones de Lembecq, funcionaban, además de los servicios del Gobierno Central, el Segundo Noviciado y los grupos de formación -Noviciado Menor, Noviciado, Escolasticado- con clara orientación misionera, integrados con jóvenes provenientes de diferentes países.

Se trataba, pues, de grupos internacionales, pero la formación se impartía en francés, la lengua oficial del Instituto. Al concluir su formación, esos jóvenes Hermanos eran enviados a todo el mundo. Las necesidades escolares eran inmensas y muy numerosas las peticiones para establecer comunidades de Hermanos. A pesar de los acontecimientos de 1904 en Francia, para el Instituto surgía un período de expansión, considerada, justamente, como su verdadera internacionalización.

El Hermano Bernardo Felipe, con sus escasos 18 años, fue uno de esos numerosos jóvenes que, desde Lembecq, se dirigirían hacia los cuatro puntos cardinales.

Llegó, pues, a Lembecq, el 25 de septiembre de 1912, unos cuantos días después de concluir su Noviciado en Premiá. Permaneció en Bélgica un año, el tiempo imprescindible para terminar el curriculum de lo que constituía, por ese entonces, la "Escuela Normal Primaria", conclusión de los estudios iniciados en Premiá. Al igual que sus compañeros su destino eran las "misiones".

Durante el primer semestre de 1913, el Hermano Director del Escolasticado le comunicó que los Superiores habían decidido enviarlo a Cuba. Más exactamente: a la Comunidad de Sancti Spiritus, recientemente establecida. En aquella época los Hermanos no presentaban a los Superiores sus preferencias o proyectos personales, ellos decidían y los Hermanos obedecían. Ignoramos si esta designación agradó al Hermano Bernardo Felipe, pero era por demás evidente que los años de Premiá lo habían preparado para una misión en países de habla hispana. Tenemos suficientes motivos para pensar que aceptó de buena gana lo que se le proponía: así obraban todos los Hermanos.

Se acercaba, pues, el momento de la partida. Con todo, antes de embarcarse hacia donde permanecería por tiempo indeterminado -quizás por toda la vida- recibió la invitación de trasladarse a Chauvets para despedirse de su familia.
Parece que desembarcó en La Habana, en julio de 1913 y permaneció allí pocos días, ya que su destino final era el Colegio de la Natividad, en la ciudad de Sancti Spiritus, pequeña localidad a unos 420 km. al sur de la Habana.

Así concluía el segundo período de su vida: la formación inicial. Ante él se abría el apostolado lasallista con el cual había soñado, seguramente, muy a menudo. Su carácter, feliz combinación de optimismo y de realismo, nos permite afirmar que se lanzó en aquella aventura con un animoso dinamismo.

3.- PRIMERAS EXPERIENCIAS APOSTOLICAS - CUBA: 1913-1925

En julio de 1913, llegaba el Hermano Bernardo Felipe a un Distrito recientemente fundado. Durante sus doce años de permanencia en la isla principal del Caribe, lo encontraremos en tres localidades donde los Hermanos se habían establecido poco tiempo antes: Sancti Spiritus, La Habana, y Güines, situadas, todas, en la región norte o noroeste del país.

Hacía apenas 15 años que Cuba había logrado independizarse, tras la guerra con España y gracias a la ayuda, nada desinteresada, de sus vecinos: los Estados Unidos. Estos aprovechan la situación para imponer su tutela sobre la isla durante cuatro años, hasta que se proclama la República de Cuba el 20 de mayo de 1902.

Los primeros Hermanos llegaron a Cuba tan sólo después de esa proclamación. Lo cual coincidió con la expatriación masiva de los Hermanos franceses a raíz de las leyes de 1904. Las primeras negociaciones para obtener Hermanos, las realizó el señor arzobispo de La Habana ante el Hermano Gabriel María, Superior General.

A principios de febrero de 1905 llegó a La Habana el Hermano Adolphe-Alfred, enviado por el Superior General para estudiar "in situ" la posibilidad y las condiciones para abrir una comunidad. Pese a la calurosa acogida, el Hermano Adolphe-Alfred estuvo a punto de desanimarse y regresar a Francia. Las dificultades parecían considerables. Gracias al dinamismo y a la intervención del señor Arzobispo, se establecieron contactos positivos y principió a trabajarse sobre proyectos concretos.

Ese mismo año cristalizaron, gracias a la llegada de un grupo de Hermanos franceses, tras una somera preparación lingüística en el Canadá. Los Hermanos Adolphe-Alfred y Rogatian habían llegado un poco antes para ultimar los preparativos y todo estaba dispuesto para recibir en la Habana a los 14 viajeros, el 10 de septiembre de 1905.

Así se establecieron, desde un principio, las Comunidades del Colegio del Vedado (10 Hermanos) y de la escuela gratuita del Niño de Belén (5 Hermanos), bajo la obediencia del Hermano Adolphe-Alfred, primer Visitador del Distrito de las Antillas.

Juan Fromental (Hno. Bernardo Felipe) desembarcó, pues, en un Distrito que contaba, apenas, ocho años de vida. Tras la accesión a la independencia en 1898, y sobre todo después de proclamarse la República en 1902, la población cubana parece abrigar profundo deseo de forjarse una nueva identidad nacional. Uno de los medios para lograrlo, sería el desarrollo de la instrucción y de la educación de acuerdo con programas debidamente adaptados. El gobierno tiene esa misma consciencia y desea colaborar eficazmente. Factores, ambos, altamente positivos para la implantación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, aun cuando sean extranjeros, y para el ulterior desarrollo de sus obras.

Se trata, con todo, de una obra de vanguardia que exige gran acopio de dinamismo, de entrega, y de creatividad. La historia de las escuelas de los Hermanos en Cuba, desde 1905 hasta 1964, demuestra que tales disposiciones tuvieron cabal realización.

Para 1913, ya habían fundado seis obras, a las que habría que añadir otra en San Juan de Puerto Rico, que también pertenecía al mismo Distrito. Algunas tuvieron una existencia efímera. Cuando Juan Fromental abandonó Cuba, en 1925, la isla contaba ya con nueve establecimientos. En esa rápida expansión colaboraron, de acuerdo con los años, los Hermanos llegados de Francia -ocasionalmente del Canadá- pero igualmente los mexicanos y, muy pronto, las primeras vocaciones cubanas. Un componente de la mentalidad local frenaba, sin embargo, algunos proyectos de los Hermanos: los relativos a la fundación de escuelas gratuitas. Estas constituían una opción perpetuada en la tradición del Instituto: la nueva implantación anhelaba mantenerse fiel a esa orientación. Sin embargo, en aquel momento una mentalidad generalizada entre la población, consideraba que únicamente eran válidas la instrucción y la educación que exigieran una erogación económica de las familias. Importa referirse a este factor para comprender correctamente la naturaleza de las obras lasallistas en Cuba.

Pocos documentos y ningún testimonio directo, nos hablan acerca de los doce años en que Juan Fromental vivió y trabajó en Cuba. Son muchos los años transcurridos y, además, las condiciones en que los Hermanos abandonaron la Isla, explican la carencia de informes. Con todo, un libro del Hermano Alfredo Morales -"Itinerario de los Hermanos de La Salle en el Distrito de las Antillas (1905-1975)"-Santo Domingo, 1977- nos ilustra acerca de los contextos escolares en los que trabajó Juan Fromental.

Colegio de la Natividad: Sancti Spiritus (1913-1914 y 1920-1923)

Aproximadamente a mitad del camino entre La Habana y Santiago de Cuba, se localiza la ciudad de Sancti Spiritus, en una zona muy fértil que propicia el cultivo del tabaco y de la caña de azúcar.

Desde 1905, Don Francisco del Valle, vecino de Sancti Spiritus, solicitó a los Hermanos la apertura de una escuela en su ciudad natal y les ofreció una casa localizada en el interior de su propiedad. La petición -ventajosísima para el Instituto de los Hermanos- no pudo aceptarse de inmediato, y el Colegio no se abrió sino el 9 de septiembre de 1907 con una Comunidad de cinco Hermanos. Todos eran extranjeros y desconocidos en aquella ciudad, la obra tuvo un inicio por demás modesto: cuarenta alumnos distribuidos en tres salones (noviembre de 1907). El éxito fue inmediato: al concluir el curso escolar el alumnado se había duplicado, y pronto llegó a los 250 escolares. Esos eran los efectivos cuando llegó Juan Fromental en 1913, y así se mantuvieron, prácticamente, hasta que el régimen castrista clausuró la obra en 1961.

El primer director -Hno. Camille-André- era hombre de gran valía, en poco tiempo fue nombrado Visitador de las Antillas (1911), antes de desempeñar otras funciones: Visitador de Burdeos, Director de Premiá de Mar en 1935. No fue el director de Juan Fromental en Sancti Spiritus, pero sí su Visitador de 1913 a 1917. En 1913, dirigía la escuela el Hno. Nestor-Marie, que imprimió a la fundación enorme dinamismo y cuya fuerte personalidad marcó profundamente al joven principiante que llegaba desde Lembecq. Juan Fromental conservará durante toda su vida un magnífico recuerdo y hondo agradecimiento al Hno. Nestor-Marie. Siempre hablará de él, con emoción y respeto. Nada tiene de extraño que los primeros años de comunidad y de docencia impriman huellas profundas y resulten decisivos para el resto de la vida.

El establecimiento de Sancti Spiritus era un "colegio", que, de acuerdo con la organización escolar cubana de esa época, comprendía los seis grados de la primaria y los cuatro de la secundaria. Posteriormente se impartirían, también, cursos comerciales. Localizado en una ciudad pequeña, nunca llegaría a ser un gran establecimiento con numerosos alumnos. La Comunidad animadora contó siempre cinco o seis Hermanos.

Las limitaciones de la obra no impidieron el dinamismo educativo. Al igual que muchos otros colegios de los Hermanos en Cuba, el de la Natividad ofrecía una enseñanza de gran calidad, complementada por numerosas actividades periescolares para quienes lo deseaban. Esa organización contribuyó mucho para la excelente reputación del colegio y su influjo cultural y cristiano en la población local. Para responder a necesidades concretas, fue preciso crear rápidamente una "Escuela Nocturna para Obreros", que recibía a los adultos deseosos de instruirse o de acrecentar sus conocimientos.

Los Hermanos procuraban que sus múltiples actividades tuvieran orientaciones específicas que vinieron a constituir el carácter tipificador de su proyecto educativo local. Cuando el Hno. Alfredo Morales se refiere, en su libro, al Colegio de la Natividad, señala que los educadores centraban sus esfuerzos en el trabajo, la dedicación, el amor patrio, las fiestas deportivas, las exposiciones, las festividades religiosas.

Juan Fromental participó, pues, con todo el ardor de sus 18 años, en aquel dinamismo educativo. Realmente tuvo dos permanencias en Sancti Spiritus: la primera, muy breve, la segunda abarcará de 1920 a 1923. En esta última tuvo como director al Hno. Hadelin-Marie. Le confían la instrucción de los pequeños de primaria, cosa que se repetirá a lo largo de su carrera como docente. Esto explica, seguramente, que, gracias a sus cualidades nativas, pronto se convirtió en un "especialista de los pequeños", título que acuñó uno de sus compañeros en México.

Escuela del Niño de Belén - La Habana: 1914-1915

Al concluir su primer año de magisterio, Juan Fromental fue, pues, enviado a La Habana. Varias instituciones lasallistas funcionaban ya en la capital de Cuba. Una de las que habían sido fundadas en 1905 -la "Escuela del Niño de Belén"- reunía condiciones peculiares en pleno centro de la ciudad, en el barrio popular conocido como "Habana vieja".

Los Padres jesuitas regentaban el "Colegio de Belén" en ese sector de la ciudad, desde antes que llegaran los Hermanos. Estos, que deseaban vivamente enseñar gratuitamente a niños pobres o de condición económica modesta, obtuvieron de los jesuitas, gracias a la intervención del Arzobispo, la cesión de dos locales en el Colegio mismo, para iniciar allí una escuelita gratuita. Con otros dos salones que seguían dependiendo de los Padres, se completaron cuatro clases gratuitas con el nombre de "Escuela del Niño de Belén".

Semejante acomodo acarreó algunos problemas concretos: la mezcla de alumnos gratuitos con alumnos de paga, en el mismo edificio; los límites de la responsabilidad general de los Jesuitas.... Pero la escuela prosperó. En aquel barrio popular existían numerosos comercios, lo cual inspiró a los Hermanos la idea de ofrecer a sus alumnos una formación más adecuada a sus futuras necesidades. Ya desde 1914 hubo un primer intento para establecer un "Curso de Comercio", pero las nuevas dificultades y las reticencias de los jesuitas decidieron a los Hermanos a alquilar otros locales, fuera del Colegio, para poder iniciarlo. Tras un rápido desarrollo, tomaría el nombre de "Academia De La Salle" y conocería un brillante porvenir al incorporar sucesivamente otros grados de enseñanza hasta llegar a la "Universidad Social Católica De La Salle".

Juan Fromental conoció, únicamente, los modestos inicios de la escuela gratuita y de la "Academia De La Salle", a partir de 1914. Ambas en favor de una clientela escolar pobre conforme a la opción tradicional de los Hermanos. En ese medio continuó Juan Fromental perfeccionando su enseñanza. Los dos años (1914-1916) vivió en una Comunidad que albergaba a los Hermanos de la escuela gratuita, a los de la Academia, y a los de la Procuraduría del Distrito. El Hno. Alcime-Marie, a quien Juan Fromental encontraría frecuentemente a lo largo de su vida, será Director de esa Comunidad entre 1920 y 1923, pero en 1915, ese puesto lo desempeñaba el Hno. Chrysostome-Joseph, responsable de la escuela gratuita.

Escuela gratuita del Vedado: 1916-1920

La idea de abrir una escuela gratuita, anexa al Colegio del Vedado, había surgido desde 1905. Pero su realización correspondió a los exalumnos del Vedado: se lanzaron a conseguir los fondos necesarios, logrando obtener el beneficio económico de algunas fiestas deportivas del Colegio.

En el mes de mayo de 1916, los Padres Dominicos, en cuyo sector parroquial iba a localizarse la escuela, propusieron al Hno. Visitador que se hiciera un solo fondo con la cantidad recogida por los antiguos alumnos y la que ellos mismos habían conseguido a través de donativos de los feligreses; también sugirieron que se construyera la escuela junto a la llamada Capilla del Carmen, no lejos del Colegio del Vedado.

El esfuerzo culminó cuando el Arzobispo de La Habana bendijo las nuevas instalaciones, el 22 de octubre de 1916. Se convino que la nueva escuela quedaría bajo la completa responsabilidad de los Hermanos y que sería totalmente gratuita. Su nombre completo fue: "Escuela Parroquial del Sagrado Corazón de Jesús y nuestra Señora del Rosario". Las clases comenzaron en octubre de 1916. De esta modesta obra surgirían las primeras vocaciones de Hermanos cubanos. El primer director tuvo un largo desempeño de 15 años (1916-1935) y con él trabajó Juan Fromental los primeros cuatro, antes de regresar a Sancti Spiritus para sus tres años suplementarios.

Colegio "San Julián" - Güines: 1923-1925

A unos cuarenta kilómetros al este-sureste de La Habana, se localiza Güines, pequeña localidad que recibió a los Hermanos desde 1907. Allí permanecieron hasta 1931.

La obra lasallista era una escuela primaria que inició clases, con tan sólo quince alumnos, en octubre de 1907, pero cuya población escolar aumentó rápidamente. Se conservó siempre como escuela primaria, no obstante llamarla habitualmente Colegio "San Julián".
En 1923, el Hno. Juan Fromental fue recibido allí por el Hno. Director Narsale-Michel, y, nuevamente, fue profesor en la primaria. Sería su última asignación en Cuba.

* * * * *

Cabe recordar que, esos doce años de permanencia en Cuba, quedaron marcados por el Retiro de 20 días, en Guatao, y el de 30, en Guanabacoa (1917). También en Cuba, Juan Fromental emitió su Profesión Perpetua (5 de agosto de 1920) y terminó el "Curso Medio" de los estudios catequéticos como estaban organizados en el Instituto.
Doce años en los que acumuló una rica experiencia como "Maestro de Escuela", antes de que lo llamaran a ejercitarla en favor de los mexicanitos. El Hermano Visitador Alcime-Marie lo envió a México en 1925.

Además de su perfeccionamiento como docente, Cuba le permitió poseer cabalmente la lengua española, descubrir y observar un mundo totalmente diferente del que había conocido en Europa, y vivir diversas situaciones de vida comunitaria.

Un detalle más personal: también en Cuba se encontró con su primo hermano José Fromental (Hno. Antheme-Joseph) llegado de Saltillo para trabajar siete años en la isla. Nunca coincidieron en la misma Comunidad, pero indudablemente que se encontraron con frecuencia. Por otra parte, José debía regresar a México en 1927 y ejercer allí su celo hasta su muerte prematura en 1947.

4.- PROFESOR EN MÉXICO: 1925-1944

El Hno. Juan Fromental abandona Cuba a fines del año civil 1925, toda vez que, según parece, llegó a México el 10 de enero del año siguiente, con toda la riqueza de sus doce años de experiencia y toda la vitalidad de un joven adulto de 30 años. Está debidamente capacitado para desempeñar a cabalidad los encargos que se le confíen.

Señalemos, de una buena vez, que, en los próximos 27 años, no habrá modificaciones sustanciales en su actividad. Vivirá una sorprendente "estabilidad" tanto en el plano geográfico -nunca se alejará de la aglomeración capitalina-, como en el ámbito de su trabajo: enseñanza primaria o cursos de comercio. Cuando se le nombre cajero, será como el resultado natural de los años dedicados a la enseñanza comercial.

El Hno. André Meissonnier, que lo conoció bien, precisa que, al llegar, Juan Fromental principió en el Colegio "De La Salle", y fue luego trasladado al Colegio del Zacatito. Tendrá, además, la alegría de que varios Hermanos hayan sido sus alumnos.

Los establecimientos escolares de los Hermanos de México, en esos años, guardan mucha semejanza con los que hemos señalado en Cuba: escuelas primarias, colegios, academias comerciales. Pero la situación general de esas obras incluye, frecuentemente, dificultades, incertidumbres, temores frente al porvenir, ya que el régimen político y el partido en el poder son abiertamente anticlericales. El funcionamiento de las escuelas resiente no pocas perturbaciones y su misma existencia se ve, algunas veces, amenazada. Algo de esto saben los Hermanos de México: animosa y pacientemente reconstruirán, una y otra vez, lo que han arruinado las decisiones gubernamentales. Acerca de este tema pueden consultarse los tres tomos, recientemente publicados, que llevan por título: "La Salle en México", donde se reviven las peripecias de esa inestable situación al igual que la evolución de las diferentes obras lasallistas.

Y precisamente, Juan Fromental entrará de lleno en esa historia, de apenas 20 años pero profundamente convulsionada. Algo sabe ya acerca de las dificultades que le esperan, desde que Cuba brindó refugio -en 1914- a los Hermanos expulsados de México.

Los testimonios referentes a este período de su vida -al menos los llegados a mi conocimiento- son unos cuantos. Con todo, evidencian algunos rasgos de la personalidad de Juan Fromental.

En el plano humano y relacional.

"Especialista como profesor de primaria -señala el Hno. Néman-Gabriel- y poseedor de gran destreza manual, brindaba múltiples servicios en la escuela y en la Comunidad. Siempre alegre, dispuesto a ayudar y a dar gusto a todos. Amable y con palabras alentadoras a flor de labio".

Otro testigo añade: "Varias veces viví con este alegre Hermano. Su alegría, incluso en las penas, era un rasgo característico. Los alumnos acudían a él con sencillez y confianza, y su trato con las familias era cordial".

"Algo que nunca olvidaré -escribe el Hno. Jean-Pierre Ayel- fue lo acontecido en la Navidad de 1935, mientras disfrutábamos de la tarde con los Hermanos de "San Borja". A eso de las dos, una llamada telefónica al Hno. Thiérry, Director, nos alertó acerca de una investigación policíaca que debía realizarse al día siguiente en el Colegio del Zacatito. Inmediatamente, el Hno. Juan Fromental telefoneó a un amigo, dueño de una fábrica de calzado y de una amplia bodega, para pedirle que nos permitiera emplear la bodega. Acto continuo, consiguió varios camiones, y todos los Hermanos nos pusimos a trabajar para desmantelar el Colegio. Removimos todos los escritorios, y hasta los muebles de los sanitarios para que nada pudieran aprovechar los supuestos nuevos dueños. Al día siguiente, un amigo de los Hermanos se presentó muy temprano en la inspección de policía, mientras aseaban los locales, encontró la orden de incautación y la hizo desaparecer; así, cuando llegaron los agentes que debían ejecutar el desalojo, no encontraron el documento. ¡El Zacatito se había salvado!"

El Hno. Ayel considera que, en esa circunstancia, el Hno. Juan Fromental dio pruebas de una entrega ilimitada a los demás y a quienes padecen necesidad. Entrega indeclinable a pesar de las dificultades personales y de los sufrimientos que debía vencer. El mismo Hno. Ayel, puntualiza: "Se imponía la prudencia debido a las amenazas del gobierno. No podíamos dormir en el Colegio; por lo cual, durante varios meses nos levantábamos a las 4:30 h. e inmediatamente cargábamos en un camión todas las camas y los enseres personales para transportarlos a lugar seguro; por la noche, a las 20:00 h. regresaba el vehículo y cada cual recuperaba sus pertenencias para preparar la cama, limitándonos a lo indispensable: una almohada y un cobertor. En todo ese ajetreo, y aun cuando su deteriorada salud le ocasionaba dolores, el Hno. Fromental era el primero que se mostraba jovial, siempre dispuesto a echar una mano a los demás".
Así daba pruebas de ingenio, de rapidez para decidir, y de cariño a las obras de los Hermanos. Aquello equivalía a una aventura que exigía, no pocas veces, verdadera intrepidez.
"A menudo hemos recordado otra anécdota: durante algún tiempo, dormíamos en un departamento, alquilado o cedido por alguna familia amiga, frente al Colegio. Éramos cuatro Hermanos. Las instalaciones sanitarias eran, por demás, rudimentarias. Cierto día, el despertador no tocó a las 4:30 h. y nos despertamos cuando el lechero llamó a la puerta a las 4:55 h. Nos levantamos a toda prisa, humedecimos el cabello para poder peinarnos y llegamos a la Capilla -donde ya esperaban los otros Hermanos- a las 5:05 h.... Al principio del desayuno, el Hno. Thiérry nos dijo: "Cuando se está atrasado, no hay que emplear tanto tiempo para peinarse". Imposible darle alguna explicación en ese momento; para nosotros, aquello provocó más de una broma... Así era el Hno. Fromental: carácter siempre jovial".

Otros testimonios agregan:
"Desarrollaba una actividad desbordante. Cuando actuó como administrador del Colegio "Simón Bolívar", mantenía todo en perfecto orden. Trabajaba, aun a costa del descanso nocturno, y emprendía obras casi increíbles. Únicamente su edad avanzada y sus achaques de salud, frenaron esa actividad" (Hno. José Manuel Ramírez).

"Su espontaneidad en el hablar suscitaba la confianza. Imposible que ocultara la verdad; su mismo carácter rechazaba cualquier disimulo. Fruto, todo ello, de sus convicciones personales y de su fe práctica. Cualquier actuación incorrecta, lo hacía sufrir" (Hno. Andrés Meissonnier).

En el plano profesional:

Juan Fromental, afirman sus colegas, era buen maestro y catequista celoso. Lo confirma, en pocas palabras, el Hno. Néman-Gabriel: "Manifestó su celo apostólico organizando "centros catequísticos" en diferentes parroquias de la capital, y supo obtener la colaboración benévola de varios Hermanos jóvenes".
También el Hno. Jean-Pierre Ayel señala su amor por el trabajo: "También habría que señalar su amor por el trabajo. Cuando se creó la Academia Comercial porque era imposible continuar los cursos de la secundaria, dadas las prohibiciones de la Secretaría de Educación Pública, no teníamos libros de texto para esos cursos. El Hno. Juan Fromental se lanzó a redactar manuales de contabilidad y de correspondencia comercial, que fueron editados por la Procuraduría del Distrito durante varios años. Recuerdo que a finales de 1935, o principios de 1936, ambos fuimos a pasar un mes de vacaciones al puerto de Veracruz. Llevamos con nosotros sendas máquinas de escribir y regresamos con dos libros listos para ser vendidos al iniciarse el año escolar. El Hno. Juan Fromental era un trabajador asiduo".

Y agrega el Hno. André Meissonnier: "Su celo apostólico no se confinó en su amada escuela; inició los catecismos parroquiales auxiliado por varios Hermanos jóvenes y algunos alumnos a quienes comunicó la llama de su celo por las almas". "Fundó la Sociedad de Exalumnos Lasallistas al igual que la revista "Indivisa Manent", medio para difundir la cultura lasallista y lazo de unión para los exalumnos".

En el plano religioso:

Toda su vida religiosa, como F.S.C., parece llevar la impronta de una característica: su obediencia a los Superiores, incluso cuando le significó verdaderas dificultades, especialmente en la última etapa de su vida. El Hno. Néman-Gabriel, que tuvo el privilegio de convivir con él en México, y también durante el tiempo de su "destierro" en Francia, nos refiere: "Cuando llegó a Paris, en 1952, había recibido normas precisas del Hno. Asistente Antonio María: ya no podría regresar a México y debía permanecer en Francia, con la prohibición formal de mantener correspondencia con México, ni con los Hermanos, ni con las Hermanas. Lo consideré como algo sumamente duro, dado que yo lo estimaba mucho. El Hno. Fromental me respondió: "Ya me lo esperaba. El Hno. Asistente me obliga a que visite a mi familia, cosa que no deseaba para nada". Y no dijo más. Salí admiradísimo de su sumisión religiosa".

Y el Hno. Jean-Pierre Ayel agrega: "Pocos años después, tuve oportunidad de visitarlo en Francia, cuando residió en Avignon y en Béziers (Fonseranes). La primera vez, en Avignon, sufría mucho a consecuencia de un accidente. Pese a lo cual estaba siempre alegre. En Béziers, me pareció algo más fatigado, y su preocupación consistía en no volverse una carga para los Hermanos de la Comunidad. Afirmaba que pedía a nuestro Señor una muerte rápida: así evitaría resultar gravoso a los demás. Los pocos dólares que le dejé lo reanimaron: así podría procurarse algunas cosillas necesarias que no se atrevía a pedir para evitar cualquier molestia. Sin embargo, jamás me habló de las Hermanas Guadalupanas. Claramente se percibía su sufrimiento, pero no desaparecía su carácter alegre. Confío en que Dios haya tenido muy en cuenta todo cuanto realizó en su vida, y que los sufrimientos de sus últimos años le hayan alcanzado, al igual que a las Hermanas, una especial bendición".

Con cierto dejo de poesía, otro testigo señala: "Tenía unos ojos azules que dejaban translucir la gracia y la unión con Dios".

Tales atestaciones esbozan los rasgos de la personalidad del Hno. Juan Fromental. Otras, de años posteriores, confirmarán esa imagen que percibían los Hermanos cuando trataban con él. Diría, de buena gana, que era un hombre extrovertido, afectuoso en las relaciones -cordiales o amistosas- que fácilmente establecía; de trato fácil con todos, incluso -y tal vez sobre todo- con los niños. Poseedor de un gran sentido común y animado por una fe profunda, surcaba la vida confiado y sereno, no replegado sobre sí mismo, sino dispuesto siempre para ofrecer sus servicios.

5.- LA FUNDACION.

Gracias a diferentes documentos de archivo y a la biografía que redactó el Hno. Maurilio Barriga Gaona, conocemos bien las etapas de esta fundación. Tras un primer intento, que no prosperó, otros más decisivos se realizaron en 1945. Lo primero consistía en obtener las colaboraciones indispensables y las imprescindibles autorizaciones de la autoridad eclesiástica. Entre quienes cooperaron desde los inicios, debe mencionarse al Padre Domingo Reséndiz, o.f.m., y a la Congregación de las "Terciarias Franciscanas de la Inmaculada Concepción". Con relativa facilidad se obtuvieron las autorizaciones de los Hermanos responsables, así a nivel local (Director, Visitador), como a nivel del gobierno central (Superior General y Régimen, Procurador General). Se requería, además, la del "Ordinario del lugar" -Arzobispado de México-otorgada por medio del Padre Ángel Oñate, m.sp.s., Vicario General para las Religiosas.

Con todo, y aun con esas facilidades "administrativas", los inicios fueron modestos; en ocasiones, difíciles; siempre, inciertos. Basta con imaginar el cúmulo de problemas concretos que se plantean a una nueva fundación, desde la alimentación diaria y el alojamiento, hasta la definición de las finalidades de la congregación y la organización de la formación adecuada. Podría intentarse un enfoque puramente descriptivo o cronológico de los ocho años iniciales, dado que no faltaron las contrariedades, provocadas, algunas veces, por las interferencias de diferentes personas. Pero, actualmente, es poco menos que imposible reunir los testimonios de los obreros de la primera hora, ya que muchos de los que ejercieron una influencia decisiva, han fallecido: Hno. Athanase-Émile, Superior General; Hno. Antonio María, Asistente responsable de México; Hno. Alcime-Marie, Procurador General ante la Santa Sede; Hno. Bernard-Alphonse, Visitador de México; Hno. Néthelme-de-Jésus, antiguo Visitador y a quien incumbió la formación de las primeras "aspirantes"; Hno. Emilio Reversat, Director del Colegio "Simón Bolívar"; y, claro está, el propio Juan Fromental que, auxiliado por la Madre María de la Luz López, Terciaria Franciscana, echó los cimientos de la obra.

Pero como aquí pretendemos ofrecer algunos hitos de la vida del Hno. Juan Fromental, tal vez resulte más apropiado, investigar cómo vivió este fundador esos primeros ocho años de la Congregación. Providencialmente, algunos años después, la Superiora General le pidió que escribiera sus recuerdos personales acerca de la fundación. Accedió de buena gana, con su estilo sencillo, franco y sin rebuscamientos. Las Hermanas poseen, pues, un texto de 66 páginas, en español y totalmente manuscrito, redactado por el Hno. Fromental mientras residió en la casa de descanso de La Calade (Marsella), y fechado el 15 de marzo de 1966. Lo intituló: "Historia de la Fundación del Instituto de las Hermanas de las Escuelas Cristianas de Santa María de Guadalupe"

Conviene ubicar ese texto en la vida de su autor. El Hno. Fromental lo redacta cuando ya tiene 71 años; padece un serio quebranto en su salud, ocasionado por un accidente vehicular sufrido en Avignon; lleva 14 años fuera de México y no tiene a mano los documentos que le permitirían verificar las fechas exactas de los acontecimientos referidos. Otros medios facilitarán esa precisión, pero, ciertamente, lo más interesante consiste en conocer cómo vivió Juan Fromental los años de la fundación.

El texto resulta interesante. Y me parece que revela:
- Cuándo y por qué brotó en él la idea de semejante fundación;
- Qué dificultades debió superar para realizar su proyecto;
- Cómo surgieron y se desarrollaron determinadas incomprensiones entre los principales interesados, hasta provocar una verdadera crisis en la naciente Comunidad (1952) y determinar el ostracismo del mismísimo Fundador durante 19 largos años....

Por qué y cómo surgió el proyecto.

¿Cómo podía brotar en el México de 1944 la idea de fundar una nueva Congregación de Hermanas básicamente dedicadas a los servicios domésticos en casas sacerdotales y/o religiosas?

Interrogante legítima cuya respuesta satisfactoria exige referirse a la situación concreta de México en los años 1930-1940. La toma de consciencia de esa situación y el análisis de algunas necesidades -particularmente en los centros de educación católicos- hicieron brotar en Juan Fromental, la idea de esa fundación. Recordemos brevemente, para principiar, cuál era esa situación, al igual que él lo señala al iniciar su manuscrito de 1966.

Juan Fromental rememora el importante cambio socioeconómico que vivió México en los años 1928-1935, cuando, recién llegado de Cuba, fijaba la mirada curiosa en su nueva patria adoptiva. En lo referente precisamente a las Comunidades religiosas que ejercían su actividad, hace notar :
- las nuevas reglamentaciones sociales referentes a los asalariados y a las condiciones de su trabajo: horarios, asuetos, salarios, indemnizaciones varias... Cambios tan rápidos y tan importantes que muchas familias de artesanos y de comerciantes que, hasta entonces, contrataban personal, no pudieron cumplir con esas nuevas exigencias. Buen número fueron injustamente condenados y totalmente arruinados. Los "tribunales populares", improvisados y claramente tendenciosos en sus decisiones, imponían sanciones arbitrarias. A ello los incitaban los agitadores profesionales y los todopoderosos sindicatos.

- el recrudecimiento de la persecución religiosa atizada por un gobierno marxistoide, cuya finalidad era destruir totalmente el proselitismo de las comunidades religiosas, especialmente si se dedicaban a la enseñanza. Los integrantes de estas últimas deberían jurar ante la Secretaría de Educación Pública, que se comprometían a combatir los "prejuicios religiosos" (léase: católicos) en los centros de educación: verdadera apostasía que, evidentemente, fue rechazada. De allí, la clausura de todos los colegios católicos en un solo día, y los ardides para continuar la labor docente, verdadera "enseñanza clandestina" impartida en casas alquiladas a particulares, o en domicilios ofrecidos por familias valerosas, dado que se exponían a la confiscación en caso de ser descubiertos. ¡Había que ocultarse, en espera de mejores oportunidades!

Cierta desconfianza de contratar personal seglar, a causa de los "tribunales populares"; la multiplicación de colaboradores, exigida por la nueva modalidad en el funcionamiento; los problemas financieros de los "establecimientos escolares"....; orillaron a solicitar la cooperación de diferentes Congregaciones Religiosas femeninas, entre ellas las Terciarias Franciscanas.

Simultáneamente, los combates entre el ejército del Gobierno y el "Ejército de Cristo Rey" (los cristeros), favorecían a este último. Temeroso de que fuera atacada la propia ciudad capital, el Gobierno entró en tratos con el Episcopado y hasta llegó a dimitir. Las nuevas autoridades se mostraron más conciliadoras y más comprensivas: suspendieron la aplicación de algunas decisiones persecutorias, toleraron -no sin imponer algunos gravámenes- la participación de las Congregaciones Religosas en la obra educativa. Escuelas, hospitales, clínicas, orfanatorios.... reabrieron sus puertas. Muchas religiosas que habían colaborado, se reintegraron a sus Congregaciones, y, nuevamente, se planteó el problema del personal seglar.

Puede, pues, señalarse el año 1940 como la fecha en que brotó en la mente de algunos Hermanos -entre ellos Juan Fromental- la idea de fundar una Comunidad femenina dedicada prioritariamente al servicio doméstico en los Colegios, Seminarios, Orfanatorios, Comunidades sacerdotales y/o religiosas..., especialmente en los internados. Así se bosquejaba -vaga y compleja- una finalidad que, con frecuencia, incorporaba la dimensión educativa y apostólica en favor de los alumnos, aunque sin precisarla. La idea de ofrecer a los niños un mejor servicio educativo aparece, hasta donde sabemos, desde los inicios. Algo que, indudablemente, surgió y se discutió en las conversaciones diarias, ante las situaciones concretas que se vivían. Realidades que se imponen claramente a Juan Fromental -y así lo dice- puesto que, como cajero del Colegio, le corresponde intervenir en el problema de la búsqueda y contratación del personal que realizará el servicio doméstico.

Entre 1940 y 1944, el proyecto maduró progresivamente. Entrañaba dificultades. Juan Fromental lo consigna en su texto. Considera indispensable solicitar consejo y recibir orientaciones autorizadas. Quizás pueda marcarse así su itinerario personal:
- Un interrogante inicial: ¿Cuál es el procedimiento para fundar una nueva Congregación religiosa, concretamente para conformarse con el derecho canónico?
- Principia por consultar al P. Ángel Oñate, m.sp.s., Vicario general encargado de las Religiosas en la arquidiócesis de México. Sus respuestas pueden resumirse así:
* Se necesita, ante todo, como responsable una religiosa profesa de
votos perpetuos en otra Congregación.
* Si llega a encontrarse, debe aceptar el separarse temporalmente
de su Congregación para dedicarse por completo a la nueva fun-
dación.
* Lo cual exige un "rescripto pontificio" de exclaustración por tres
años, y renovable hasta la reintegración a la propia Congrega-
ción. O bien, la dispensa de votos si desea permanecer en la
nueva. Esto último conlleva: renuncia a su cargo de gobierno,
vestición del nuevo hábito religioso, emisión de votos de acuerdo
con la nueva Regla, sumisión a la Superiora General elegida por
el Capítulo General que deberá celebrarse tan pronto se reciba el
Decreto de aprobación.
- Consulta, después, a Mons. Luis María Martínez, Arzobispo de México, para tener mayor seguridad. Juan Fromental afirma que esa entrevista resultó muy positiva. El Señor Arzobispo, debidamente informado por su Vicario encargado de las Religiosas, se mostró muy favorable y dispuesto a conceder su aprobación tan pronto como se concretara el proyecto conforme a las normas canónicas.
- Etapa siguiente: encontrar la Religiosa profesa de votos perpetuos que estuviera dispuesta a colaborar en la fundación. ¡Circunstancia "providencial"!: precisamente en ese momento y en el Colegio "Simón Bolívar" -donde trabaja Juan Fromental-, está la Madre María de la Luz López, Religiosa Franciscana de la Inmaculada Concepción. Fue la enfermera que cuidó a Juan Fromental en el difícil y lento proceso de recuperación después de una delicada intervención quirúrgica en el intestino y en la vesícula biliar. Puesta al tanto del proyecto, la Hermana manifiesta su interés y lo aprueba, pero sin comprometerse. Prometió -señala Juan Fromental- pensarlo con mayor detenimiento, ofrecer su parecer, y dar, posteriormente, una respuesta.
En el transcurso de otra conversación, Juan Fromental insiste nuevamente y le pregunta si estaría dispuesta a participar en la realización del proyecto. La Hna. María de la Luz permanece indecisa. Percibe claramente las dificultades de la empresa, los obstáculos que deberán franquearse. Recela un posible fracaso y que todo se derrumbe al iniciarlo. Juan Fromental argumenta: "Todo lo sufriremos por Dios"; "Lo haremos en nombre de Dios y con la ayuda de su Madre Santísima"; "Si es obra de Dios, prosperará, si únicamente es nuestra, se vendrá abajo".... Finalmente, la Hna. María de la Luz accede, ante la convicción y el entusiasmo de Juan Fromental..... ¡Año de 1943!
- Y ahora..., solicitar la autorización de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en ejercicio de autoridad. Ante todo, la del Hno. Reversat, Director del "Simón Bolívar" y responsable inmediato. El Hno. Juan y la Hna. María de la Luz acuden a su despacho. Juan Fromental expone detalladamente el proyecto e indica que las autoridades diocesanas lo han alentado para lograrlo. Sofocón para el Director, pero accede ante el elocuente alegato de Juan Fromental. Alerta a los dos "fundadores", ya que percibe las dificultades que habrán de vencer y la complejidad del intento. Habría concluido -según Juan Fromental- diciendo: "¡Adelante, si tienen valor para hacerlo! Algunas veces, Dios permite que se realicen las extravagancias de los locos: ojalá y éste sea un caso".

Siguiente entrevista... con el Hno. Antonio María, Visitador del Distrito y que será elegido Asistente en 1946. En su relación manuscrita, Juan Fromental confiesa que esa entrevista lo desasosegaba y temía recibir una negativa.
Con cierto recelo presenta su plan, sin omitir las gestiones adelantadas y los consejos recibidos; precisa las finalidades previstas y cuál será el procedimiento. Ante la atenta escucha del Hno. Visitador y su prolongado silencio al concluir su exposición, Juan Fromental siente que aumenta su recelo y, silenciosamente, pide a Dios que le inspire argumentos convincentes. Recuerda que hasta tenía la boca seca, por el nerviosismo. Tras un momento de recogimiento y de reflexión, el Hno. Visitador le habría dicho: "La idea es excelente, el momento muy oportuno, el objetivo arriesgado y titánico, pero no importa. Los únicos que no se equivocan son quienes no intentan nada. Las dificultades son enormes. Se necesita temple de mártir para lanzarse a esa aventura".

Y habría agregado: "Dios elige instrumentos inútiles e ineptos para realizar sus obras. Que Él los bendiga y les ayude".

El tono y el contenido de las respuestas, permitieron que Juan Fromental percibiera cierto escepticismo en el Hno. Visitador. Y hasta cierta ambigüedad: ni francamente alentador, ni totalmente reprobatorio. Algo que recibiría confirmación andando el tiempo.
Por el momento -y era muy importante-, las cosas podían seguir adelante.
- Pero quedaba algo que debía esclarecerse. Juan Fromental emplea esta formulación: "¿Podía un Hermano de las Escuelas Cristianas, fundar una nueva Congregación religiosa femenina?". El Hno. Visitador Antonio María lo planteó al Hno. Arese-Casimir, Vicario General del Instituto. La respuesta llegó, algunas semanas después, a través del Hno. Alcime-Marie, Procurador General: "Sí, un Hermano puede fundar una nueva Congregación de religiosas, siempre y cuando, ni él, ni ningún otro Hermano, sean Superiores de la nueva Comunidad".
Aparecía, así, otro punto que debía resolverse. El Padre Ángel Oñate, al tanto de la situación y por petición expresa de Juan Fromental, aceptó asumir esa responsabilidad. Posteriormente manifestaría una constante solicitud en favor de la naciente Congregación y de su fundador.

* * * * *

Y así, como escribe Juan Fromental, concluidas estas gestiones, "todos los semáforos lanzaban luz verde".

Cronológicamente estamos aún en 1943.

Con todo, faltaba lo esencial: ¿dónde y cómo conseguir vocaciones para la realización efectiva de la nueva Congregación?

Primeras tentativas:

En su biografía de Juan Fromental, el Hno. Maurilio, propone una cronología suficientemente pormenorizada de los primeros años de la fundación. Para esclarecer las etapas iniciales, consignemos estas fechas:
- Enero de 1944: llegan a la ciudad de México cinco "aspirantes", para formalizar la fundación. Diferentes razones intervienen y el intento resulta fallido: las "aspirantes" abandonan el proyecto muy pronto.
- Agosto de 1945 señala el verdadero inicio: se registran varias "entradas" y la Superiora de las Terciarias Franciscanas delega a tres Hermanas para atender la formación. Y, precisamente de allí, surgen nuevas dificultades: las Terciarias Franciscanas se sienten tan fuera de su elemento, que, por dos veces consecutivas, presentan rápidamente su dimisión. Realmente, y para obtener cierta estabilidad, será preciso que la Hna. María de la Luz reciba esa encomienda, por petición expresa del Hermano Fromental. Llegamos, así, a diciembre de 1945.

- 8 de septiembre de 1946, el Padre Ángel Oñate, Vicario General, erige como "Pía Unión", la "Fundación de las Hermanas de las Escuelas Cristianas de Santa María de Guadalupe". Se establecen el Postulantado y el Noviciado.
- 19 de marzo de 1948, la Pía Unión pasa a ser una verdadera "comunidad religiosa" al emitir sus primeros votos las seis novicias que terminan su Noviciado. En ese mismo año, el Hno. Athanase-Émile, Superior General de los F.S.C., visita la nueva Comunidad; al regresar a Europa, y de acuerdo con los miembros del Régimen, envía a las Hermanas el documento oficial de su afiliación al Instituto, y cambia su nombre por el de "Oblatas Lasalianas Guadalupanas".
- Vendrán a continuación:
* 12 de marzo de 1962: Aprobación Diocesana concedida por Mons.
Miguel Darío Miranda.
* 10 de abril de 1976: Aprobación Pontificia otorgada por S.S. Pablo VI,
gracias a la inapreciable mediación del Cardenal Eduardo F. Pironio.

Estas dos últimas fechas corresponden a otras etapas en la vida de Juan Fromental, pero comprueban que debieron transcurrir 32 años (1944-1976) para que el proyecto evolucionara hasta llegar al supremo reconocimiento eclesiástico. Realmente ese período resulta más bien breve. Juan Fromental debió, seguramente, regocijarse mucho al irse superando las diferentes etapas canónicas, pero, ¡cuántas dificultades acibararon, también, su existencia!

Los desvelos de un fundador.

Inventivo, habilidoso, y por demás servicial, Juan Fromental había ayudado, muchas veces, a otras congregaciones femeninas durante los años de persecución religiosa. Había trabado amistades, propiciado múltiples agradecimientos, y establecido relaciones cordiales con numerosas personas. Espontáneamente les habla de su proyecto fundacional. Y, a su vez, recibe sugerencias para acudir a tal o cual persona, con frecuencia alguna antigua religiosa que anhela reencontrar la vida comunitaria. Las entrevista personalmente. Suelen ser ya de cierta edad. Las reúne en una casa (Calle de Cataluña, No. 19 - Mixcoac), someramente adaptada, para iniciar el postulantado de acuerdo con un esbozo de reglamento que distribuye el trabajo, la oración, y la vida comunitaria.

Debido a la inestabilidad, al desaliento, o a otros motivos, las salidas se produjeron rápidamente y todo se vino abajo. Sorprendido e indudablemente decepcionado, Juan Fromental acudió a consultar con el Padre Ángel Oñate para tratar de analizar la situación y solicitar consejo que permitiera elegir mejor a las candidatas. El Vicario General le aconsejó que procurara reunir a jovencitas entre los 15 y los 20 años y que no hubieran pertenecido a ninguna congregación religiosa.
De acuerdo, pero, ¿cómo encontrarlas?...Providencialmente, el Padre Reséndiz, o.f.m., iba a predicar misiones en Querétaro y aceptó, de muy buena gana, presentar a su auditorio femenino el proyecto de fundación. Para lo cual, Juan Fromental redactó un breve memorandum donde indicaba las condiciones de admisión y las motivaciones imprescindibles.

La predicación del Padre Reséndiz produjo efectos positivos. Se presentó un primer grupo de aspirantes: gente del campo, carente de instrucción y sin experiencia de la vida citadina, sin ninguna preparación para las faenas domésticas, la atención de internados, o la cocina.... Muy pronto se sintieron totalmente fuera de su elemento, pese a los ingentes esfuerzos que, para formarlas, desplegó María de la Luz. Y aun cuando manifestaron excelente buena voluntad para aprender, aun cuando se procedió con mucha paciencia y enorme comprensión, cundió el desaliento. Y fue contagioso: si alguna decidía regresar a su familia, otras procedían en igual forma.

Señal evidente de que debían mejorarse, aún más, el discernimiento inicial y los criterios para la admisión. El Padre Reséndiz lo comprendió perfectamente, ofreció, nuevamente su cooperación, y hasta presentó sugerencias muy positivas. La mejor selección de las aspirantes favoreció mucho la perseverancia.

Todo esto acontecía en 1945, y puede considerarse como el verdadero inicio de la obra, sin que intervinieran aún los aspectos propiamente canónicos. En la casa de la calle Cataluña, la vida transcurría conforme a un reglamento diario, a un horario.... y ya se llamaban "Hermanas".... ¡Sorprendente semejanza con los inicios del Instituto de los Hermanos, entre 1679 y 1683!

Ya constituido el grupo de "postulantes", su formación pasó a ser la preocupación fundamental. Se trataba, evidentemente, de prepararlas para desempeñar debidamente las funciones que se les encomendaran en las escuelas y en otros centros educativos, pero, ante todo y sobre todo, urgía atender el aspecto de su formación religiosa, por demás rudimentaria en casi todas ellas.
La responsabilidad de lo primero, correspondía básicamente a las Terciarias Franciscanas: ejercitar repetidamente a las jóvenes hasta lograr el aprendizaje de las tareas que deberían desempeñar.

En cuanto a la formación religiosa, si bien algunos eclesiásticos acudieron para ofrecer conferencias -entre otros el Padre Oñate y el Padre Reséndiz-, el responsable directo y principal fue el Hno. Néthelme-de-Jésus, pedagogo y psicólogo experimentado; había sido Visitador del Distrito Antillas-México y Visitador Auxiliar de México. Sus 70 años no fueron óbice para que regularmente -miércoles y domingos- acudiera a impartir sus cursos a las "aspirantes": Historia Sagrada, catecismo, vida religiosa, y, en especial, los enfoques lasallistas.
Esta fase organizativa concluyó al nombrarse, no sin dificultad, una Superiora, como lo he señalado antes. Parece, de acuerdo con el relato de Juan Fromental, que María de la Luz ya no era unánimemente aceptada -especialmente por el Hno. Visitador Antonio María- y sólo entró en funciones cuando dimitieron las dos que habían sido designadas anteriormente. Debe reconocerse que poseía una doble ventaja: haberse interesado en el proyecto desde sus inicios, y tener amplia experiencia de los menesteres que debía enseñar a las Hermanas jóvenes. Se le asignó una ayudante, la Hna. Leonor Richart, y ambas recibieron el Rescipto Pontificio de exclaustración por tres años.

Numerosas "aspirantes".

No debe buscarse la explicación en la organización establecida, sino en una pastoral vocacional implementada en diferentes diócesis. Se imprimió un folleto para presentar la Pía Unión, y fue distribuido en las parroquias. Simultáneamente se solicitó la autorización para erigir un Postulantado oficial, con miras a la vestición religiosa y al Noviciado canónico. Nuevamente, y de buen grado, el Padre Oñate accedió. Al cumplirse seis meses de postulantado, pudo celebrarse la primera vestición religiosa que iniciaba el año de Noviciado.
Parece que, en poco tiempo, las aspirantes sobrepasaron el centenar. ¡Imposible albergarlas a todas!. La abundancia facilitaba la selección y, además, no pocas se retiraban al cabo de poco tiempo. Una vez admitidas, iniciaban su formación incluidos los estudios profanos escolarizados cuya validez debía refrendarse al sustentar los exámenes requeridos, ya en instituciones privadas, ya en las del Estado, hasta terminar la enseñanza secundaria. Solamente después iniciaban la formación "técnica" para capacitarse debidamente en dietética, arte culinaria, repostería, costura, bordado, dibujo... Utilizaban al máximo las máquinas de coser para fabricar vestidos cuya venta contribuía al sostenimiento de la Comunidad.

¿Un nuevo "Vaugirard"?

El propio Juan Fromental acude a esta comparación cuando describe las condiciones materiales en los primeros años de la Congregación. Los locales de la calle Cataluña eran, por demás, sencillos: se habían adaptado empleando los recursos disponibles: ¡más inventiva que capital!. La alimentación, sumamente frugal, dependía, no pocas veces, de los donativos recibidos, hasta que el Gobierno consintió en reconocer la casa como uno de los orfelinatos que recibían diariamente los alimentos de la asistencia social. Y el dormitorio... tan estrecho e insuficiente que resultaba muy difícil circular; imposible intentar colocar algún ropero. Durante algunos meses, las "aspirantes" y hasta algunas Hermanas tuvieron que dormir sobre las mesas del taller de encuadernación del Colegio "Simón Bolívar", contentándose con una simple colchoneta y un cobertor. Enseres que debían recogerse diariamente... ¡Realmente, aquello equivalía a Vaugirard...!
Y en medio de todo aquello, Juan Fromental....

No obstante lo precario de esa situación -y las Hermanas la aceptaban, en general, hasta con buen humor- no faltaban preocupaciones al Hno. Fromental. Continuaba, desde luego, su trabajo en el Colegio "Simón Bolívar". Pero, además, a él incumbían todos los trámites para obtener las autorizaciones requeridas o los recursos materiales que pudieran mejorar las condiciones de vida. También le correspondía la administración efectiva del escaso capital y se lanzaba en busca de donativos para financiar los trabajos emprendidos o los que estaban previstos. En no pocas ocasiones debió pedir limosna para que las Hermanas pudieran comer.

Intervenía directamente en los arreglos de la casa: camas, mesas, vajilla, construcción de mamparas, adaptación de los locales, instalación -por demás rudimentaria- de una "cocina estilo edad de piedra", según sus propias palabras.

Algunas veces regresaba con las manos vacías, desconsolado porque la Comunidad carecería hasta de lo indispensable.

Al sumar esas actividades, nadie se extrañará de que uno de sus cohermanos afirme que, para realizarlas, sacrificaba el sueño y hasta la salud. Testimonio fehaciente del cariño apasionado con el que anhelaba el éxito de la empresa. Cariño que encontraba generosa respuesta en las Hermanas.

Muy pronto fue -y sigue siendo- para ellas: "Don Juanito", apelativo impregnado de respeto y afecto, en completo acuerdo con la gozosa simpatía que irradiaba su persona.

Cómo ayudó el Instituto de los Hermanos

En su manuscrito, Juan Fromental afirma que nunca le faltaron las ayudas eclesiásticas en los primeros años de la fundación. Por el contrario, indica que creyó percibir ciertas reticencias en los Hermanos, sobre todo en algunos. Con todo, los Hermanos que ejercían responsabilidades en diferentes niveles, consideraban que les correspondía intervenir, y no tan sólo porque un miembro del Instituto estaba comprometido de lleno en la obra, sino, también, porque había que buscar y acondicionar los locales para recibir a las "aspirantes", colaborar en su formación; pero, sobre todo, porque la finalidad y las actividades mismas de la nueva Congregación quedaban estrechamente vinculadas con las de las Comunidades y de los Colegios de los Hermanos.

Además, Juan Fromental necesitaba absolutamente el apoyo y las intervenciones de sus Superiores para que progresaran los aspectos administrativos de la fundación. Entre las que se produjeron, podemos señalar las siguientes:
* El Consejo del Régimen el 19 de noviembre de 1946

En su calidad de Visitador, el Hno. Antonio María pudo seguir los inicios de la "Pía Unión" aun antes de la erección canónica. Tan luego como fue elegido Asistente (1946), intervino en el Consejo del Régimen para solicitar directivas, o, lo que parece más probable, para que se aprobara la línea de conducta que había adoptado. He aquí el texto de su intervención y el de la decisión del Régimen, fechados el 19 de noviembre de 1946:

"Como cada día es más difícil encontrar mano de obra masculina, los Hermanos de Mixcoac (México) tuvieron que solicitar la ayuda de algunas religiosas para ciertos servicios, especialmente la cocina y el lavado de ropa. Independientemente de los Hermanos, se está intentando la fundación de Hermanas Auxiliares para los trabajos domésticos. El Hno. Asistente de México, ruega respetuosamente al Reverendísimo Hermano Superior y a su Consejo, que tengan a bien precisar cuál debe ser la posición de los Hermanos en relación con dicha fundación.
Tras la discusión, el Consejo decidió, por unanimidad, que ningún Hermano debía intervenir personalmente en esa fundación".

Ya hemos precisado, anteriormente, que no se prohibía la ayuda del Hno. Juan Fromental, sino, únicamente, que fuera el superior de la nueva Comunidad. Parece, sin embargo, que no resulta inútil consignar esta decisión del Régimen para comprender mejor los acontecimientos que marcarán la vida de Juan Fromental.

* En su manuscrito del 1966, Juan Fromental relata una visita a la casa de las Hermanas, en México, pero no precisa la fecha. Parece que pudiera ubicarse en 1947; en todo caso, antes de la que realizaría al año siguiente (1948) el Hermano Superior General de los Hermanos. El Hno. Alcime-Marie era, por entonces, Procurador General del Instituto: ocupaba, por tanto, un puesto importante en la jerarquía. Había sido "misionero", Director y Visitador en el Distrito Antillas-México; poseía, pues, tres ventajas: hablar el castellano, conocer el País y a numerosos Hermanos, y haber sido el superior inmediato de Juan Fromental. No pisaba terreno desconocido, pero debía descubrir esa reciente fundación. Su visita alegró a las Hermanas y las hizo sentirse ufanas: les traía el saludo y las bendiciones de Roma, de la Casa Generalicia desde luego, pero, igualmente, del Vaticano. Algo que impresionó hondamente a las Hermanas.

Después de visitar los locales y de hablar con las Hermanas, externó su admiración por todo lo que había visto y oído, y se comprometió a apoyar la obra cuando regresara a Roma.

* Al año siguiente, el Hno. Athanase-Émile, Superior General, realizó un viaje a América del Norte. Pudo, así, visitar las Comunidades y los establecimientos de México.

Sabemos, a ciencia cierta, que el 5 de julio de 1948, acudió para visitar la comunidad de las Hermanas. Respecto a quién correspondió la iniciativa de esa visita, las versiones difieren completamente, según se recurra a las crónicas oficiales o al relato de Juan Fromental. Las primeras atribuyen tal responsabilidad y tal honor, a los Superiores locales de esa época. Muy otra es la afirmación en el manuscrito de "Don Juanito". Según él -y bien debía saberlo-en un acto de osadía, casi de temeridad, -y desafiando las miradas airadas de esos Superiores- personalmente presentó esa solicitud al Hno. Athanase-Émile, hacia los postres de un banquete en el que participaban numerosos Hermanos. Para colmo de felicidad, el Hermano Superior General habría decidido inmediatamente realizar esa visita a las Hermanas.

Con la ayuda de los intérpretes presentes -especialmente el propio Juan Fromental- el Hermano Superior recibió la información acerca de la obra y pudo dialogar con las Hermanas. Manifestó su complacencia por cuanto había descubierto, e incluso habría concluido la visita con estas palabras: "Ahora, las conozco y las amo. Cuando regrese a Roma me ocuparé activamente de ustedes". Y así fue efectivamente, de acuerdo con los miembros del Régimen: documento oficial para afiliarlas al Instituto, decisiones tomadas para ayudar a la Congregación, recurso a la Hermanas de las Escuelas Cristianas de Saint-Sauveur-le-Vicomte (aun cuando no cristalizó), designación del Hno. Antonio María como responsable inmediato y directo de ese acompañamiento de la Congregación, y de la traducción de obras espirituales de San Juan Bautista De La Salle y/o del Instituto para uso de las Hermanas....

Sin asomo de exageración puede afirmarse que esa visita del 5 de julio de 1948, resultó decisiva para el futuro de las relaciones entre ambas Congregaciones, y, quizás, para el porvenir de las "Oblatas Lasalianas Guadalupanas", nombre que entonces les asignó el propio Hno. Athanase-Émile.

* El Consejo del Régimen del 15 de julio de 1948, en Paris: ¿realidad o leyenda?

El Hno. Maurice-Auguste, -que, en 1982, investigó acerca del Hno. Fromental en los Archivos de Roma- no encontró rastro alguno de esa reunión. De allí que hable de "leyenda". Sin embargo, y así lo reconoce, otros documentos se refieren a ese Consejo del Régimen. Efectivamente un Consejo se reunió en Paris el 15 de julio de 1948, cuando regresó de México el Hno. Athanase-Émile, pero el Acta no menciona para nada ni a las Oblatas, ni una misión que se hubiera confiado al Hno. Antonio María, ni el nuevo nombre impuesto a las Hermanas. Éstas, a su vez, aseguran que el Hno. Athanase-Émile y su venerable Consejo, les impusieron el nombre de "Oblatas Lasalianas Guadalupanas" el 17 de julio de 1948, dado que ya no podían llamarse "Hermanas de las Escuelas Cristianas de Santa María de Guadalupe". Así está consignado en la carta que el Hno. Antonio María envió a la Madre María de la Luz el 17 de julio, después del referido Consejo. Es curioso que el Acta de ese Consejo, firmada por el Hno. Antonio María en su calidad de secretario, no consigne nada referente a las Hermanas.

* La reunión con el Padre Larraona - Roma, 27 de julio de 1948

Un texto mecanografiado de dos páginas, intitulado "A propósito de las Oblatas Lasalianas" y firmado por el Hno. Antonio María, refiere una reunión entre él mismo, el Hno. Procurador General Alcime-Marie, y el Padre Larraona, c.m.f., futuro cardenal, en ese entonces Secretario de la Sagrada Congregación de Religiosos.

El texto del Hno. Antonio recuerda que dicha audiencia había sido solicitada, con la anuencia del Hermano Superior General, para someter a la Sagrada Congregación de Religiosos algunos puntos referentes a la fundación de las Hermanas.

En su informe, el Hno. Antonio María principia por decir: "Le expuse rápidamente, y con la mayor claridad posible, la génesis de esa fundación". Esa breve cronología menciona, efectivamente, las principales etapas del proyecto, desde el recurso a los servicios de las congregaciones femeninas (hacia 1929-1930), hasta la visita del Hno. Athanase-Émile en 1948, y las decisiones subsecuentes. Por ningún lado encontramos el nombre de Juan Fromental. Y sin embargo, por entonces, estaba muy implicado en la estructuración de la congregación, y, a lo que parece, nadie dudaba entonces de su participación.

La segunda parte del texto del Hno. Antonio María resume las preguntas dirigidas al Padre Larraona y las respuestas correspondientes. Hacen referencia a puntos concretos: el nombre de la nueva Congregación, la conveniencia de solicitar una especie de reconocimiento oficial bajo la forma canónica del "Decretum laudis", la redacción de las Reglas.... Pero los dos asuntos más importantes son los que tratan de la utilidad y de la finalidad de esas Congregaciones. Acerca de lo primero, el Padre Larraona afirma: "La Iglesia reconoce, cada vez más, la utilidad y aun la necesidad de las Hermanas encargadas de los servicios domésticos..." Es obvio que coincide con la necesidad que percibieron los Hermanos de México y el por qué de la fundación de las Hermanas Guadalupanas. Creo que el segundo asunto resulta igualmente importante y que vale la pena retomar, "in extenso", el texto del Hno. Antonio María, pregunta y respuesta.
"¿Podría proponerse a esas Hermanas, como derivativo de sus ocupaciones y como medio para encontrar vocaciones -ya que no deben atender escuelas-, el que dirijan "Academias de labores domésticas" en las que recibirían, durante dos o tres horas -dos o tres veces por semana- a jovencitas de clase humilde para darles catecismo, preparar a la Primera Comunión a las que no la hubieren hecho, y enseñarles: cocina, repostería, costura, bordado, confección de ornamentos sagrados, etc.?"
Respuesta: "Es prudente no señalar doble finalidad a esas Hermanas, y no dedicarlas a la labor docente. La idea de proponerles que dirijan algunas "academias" de las que se ha hablado, me parece muy a propósito. Las Hermanas podrían, efectivamente, encontrar algunas vocaciones, ejercer el apostolado, y, tal vez, preparar sirvientas de confianza para los Párrocos..."

Al leer este informe se puede notar la insistencia con que se refiere a los "servicios domésticos" como finalidad principal de la nueva Congregación. Las "Academias" -que existieron efectivamente desde los inicios- aparecen como mera concesión y con finalidad netamente vocacional.

Aun a riesgo de adelantarnos en la cronología, resulta interesante comparar lo anterior con las intenciones iniciales del propio Hno. Fromental. Cuando escribe desde Fonseranes -y porque se lo han pedido- a la Hermana Caridad Espino, Superiora General, con fecha 22 de octubre de 1968, trata de precisar qué finalidad se perseguía al fundar la Congregación. Esa carta puede leerse completa en la biografía que escribió el Hno. Maurilio (páginas 47 y 48). El Hno. Fromental asevera que las Hermanas existen:

1) Con una finalidad de caridad: gracias a los diferentes servicios que contribuyen a facilitar la buena marcha de los establecimientos religiosos o eclesiásticos. Se refiere a Marta y a María, y a las santas mujeres que acompañaban a Jesucristo. Considera que constituye una imitación de la vida misma de Cristo-Siervo, y un apostolado eficaz en la Iglesia.
2) Para ejercer el apostolado en favor de las almas, especialmente el más necesario: la enseñanza de las niñas, de las adolescentes, o de las jóvenes aprendices, gracias a las "Academias". Se quiere, realmente, educarlas en el plan personal, instruirlas y formarlas profesionalmente, prepararlas para que se inserten en la vida activa.
3) Sin excluir, añade, "otros llamados que pueden recibir algunas almas, de acuerdo con las luces del Espíritu Santo y las aptitudes personales".

Citemos, finalmente, este breve pasaje:
"En resumen:
* obras de caridad: servicio al prójimo;
* obras de apostolado en la enseñanza: colegios y academias especiales".

Ocho años después, el Decreto Pontificio del 10 de abril de 1976 que eleva a las Oblatas Lasalianas al rango de Congregación de Derecho Pontificio, contiene un párrafo esencial referente a la finalidad: "El fin propio y particular del Instituto consiste en que sus miembros, movidos y fortalecidos por la caridad de Cristo, se consagran especialmente a las obras del apostolado parroquial y a la adecuada y cristiana formación de los niños y de las niñas, y, cuando lo exijan las circunstancias, también al servicio doméstico en las casas de sacerdotes y de religiosos".
Resulta evidente la inversión de prioridades o de la finalidad inicial.

* 1949

La fundación sigue su curso y la congregación se desarrolla, aun cuando los problemas materiales siguen siendo apremiantes. Son pocos los bienes disponibles, y bastan, apenas, para el mantenimiento diario.

Con todo, al iniciarse el segundo semestre de este año, se plantea un problema cuya solución -conforme a algunos intercambios epistolares entre los Superiores de México y el Hermano Procurador General de Roma- ofrece serias dificultades. A principios de 1950 terminan los Rescriptos de exclaustración de las dos Hermanas Franciscanas que colaboran en la formación. Se trata de solicitar su renovación a las autoridades vaticanas. Esa iniciativa corresponde normalmente al Ordinario del lugar, en este caso el Arzobispado de México.

Ahora bien, en respuesta a una consulta del Hno. Néthelme de Jésus a quien ya hemos visto participando muy activamente en la formación de las nuevas Oblatas-, el Hermano Alcime-Marie, Procurador General, escribe el 8 de septiembre de 1949:
- que recibió una carta de la Madre María de la Luz en la que le pide que se ocupe de la renovación de ambos Rescriptos;
- que la petición fue acogida favorablemente y los nuevos Rescriptos firmados el 6 de mayo de 1949;
- que, por lo tanto, ya deben encontrarse en las oficinas del Arzobispado de México; y
- que, resulta por demás extraño, el hecho de no haberlos recibido aún las interesadas.

Es tanto más difícil encontrar una explicación a este retardo, cuanto que el señor Arzobispo de México se había mostrado muy favorable a esa renovación y había prometido al Hno. Asistente Antonio María incoar el proceso con miras a la Aprobación Diocesana de la Pía Unión. Lo que no acontecerá sino en 1962.

¡Se avecina la crisis!

Realmente resulta muy difícil desenmarañar lo que aconteció desde mediados de 1949 hasta mayo de 1952. Indudablemente se necesitarían documentos más continuados y más explícitos para intentar la reconstrucción de los acontecimientos. Ya fallecidos los diferentes actores, sería útil proceder a esa reconstrucción. No se trata, evidentemente, de juzgar a las personas, ni de tomar partido, sino, tan sólo, de hacer lo posible para comprender. Al igual que los documentos disponibles, las siguientes síntesis son fragmentarias.

A grandes rasgos pueden señalarse algunas etapas de esa crisis.

* Origen de la crisis.

La tardanza, inexplicable y prolongada, para entregar los nuevos Rescriptos de exclaustración, provoca interrogantes. Nada tienen que ver los Hermanos, ni los miembros del Gobierno Central, ni los responsables en el Distrito de México. Así se desprende claramente de la correspondencia entre ellos. Se preguntan acerca de las intenciones del Arzobispado de México. Y tanto más, cuanto que acabó por saberse, a finales de 1949, que sí habían llegado los Rescriptos.

Hay algo más importante: en las cartas se perciben ciertas reticencias acerca de la presencia de la Madre María de la Luz al frente de la Congregación. Entre los Hermanos responsables, al igual que en el Arzobispado, se preguntan si posee las aptitudes requeridas para formar a las Hermanas jóvenes, sin dejar, por eso, de reconocer sus cualidades de dinamismo y eficacia.

También se produjeron cambios en la dirección del Colegio "Simón Bolívar" y coincidieron con varias críticas respecto al Hno. Juan Fromental, que continúa como cajero del establecimiento. ¿Dedica demasiado tiempo para atender los múltiples problemas de la fundación? ¿Se deja llevar por su buen corazón frente a algunos padres de familia con dificultades económicas, hasta concederles prórroga e incluso reducciones en el pago de las colegiaturas? ¿Defiende sistemáticamente a la Madre María de la Luz en contra de sus detractores?....¿Cómo esclarecer todo eso?

No hay exageración cuando se habla de crisis. Crisis de confianza recíproca a diferentes niveles, toda vez que intervienen, como actores: el Arzobispado, los Hermanos que ejercen autoridad, algunas Hermanas de la nueva Congregación. Y en el centro de esta maraña: el Hno. Juan Fromental y la Madre María de la Luz, los dos "cofundadores".

Quizás, también, crisis de crecimiento. Lo cual no resulta excepcional en la historia de la Iglesia o en la de las Congregaciones religiosas. Con mirada retrospectiva se considera esto como una prueba de Dios, una sacudida que comprueba la resistencia de la nueva rama en el árbol de la Iglesia.

* Manifestaciones de la crisis.

La primera: un fuego cruzado de cartas y de intervenciones directas a diferentes niveles, especialmente ante el señor Arzobispo o ante el Vicario General de Religiosas, y, también, entre los Hermanos con autoridad más directamente relacionados con la Congregación de las Hermanas.

En el seno mismo de la Comunidad de las Hermanas surge el descontento de algunas frente a las actitudes y a los métodos de la Hermana Superiora; y luego una especie de "guerrilla" cuyos componentes aumentaban: se niegan a realizar los trabajos solicitados, se encierran en alguna habitación para realizar sus conciliábulos, se buscan apoyos hasta en determinados servicios del arzobispado.... La expulsión de una "cabecilla" y de las que quieren seguirla, no logra restablecer la paz.

En su manuscrito de 1966, el Hno. Juan Fromental evoca esas tristes peripecias, y se adivina cuánto sufrieron él y el resto de la Congregación.

* Desenlace de la crisis.

Esa desazón no surgió intempestivamente. Parece que se gestó en los años 1950 y 1951. Hasta llegar a un punto en el que ya no era posible retardar por más tiempo las decisiones necesarias.

A principios de 1952, el Hno. Juan Fromental fue cambiado de Comunidad y enviado a Puebla. Recibió orden expresa de no ocuparse, para nada, de la Congregación de las Hermanas, aun cuando tenían una Comunidad en el Colegio "Benavente" de esa ciudad. Claramente se percibía la intención de los Superiores: alejarlo totalmente de la fundación, aprovechando que el Hno. Fromental tenía derecho a un descanso en Francia. Antes de emprender ese viaje, pasó, desde luego, por México y allí se encontraba, precisamente, el 12 de mayo de 1952: viviría situaciones por demás dolorosas.

Era la fecha exacta en que la Madre María de la Luz debía abandonar la Casa de las Oblatas Lasalianas para reintegrarse a su propia Congregación. Tras el período de tensiones que había vivido la Comunidad, la separación fue dramática. La Hna. Basilia, testigo ocular, conserva muy vivo el recuerdo del desconcierto de las Hermanas cuando salió la Madre María de la Luz, y con ella las Hermanas que prefirieron seguirla. También recuerda la llegada intempestiva de "Don Juanito", a eso de la media tarde, y que no pudo ocultar su desconsuelo ante semejante desastre. ¡Visión trágica que debía acompañarlo en su viaje de regreso a Francia!

Al día siguiente, cuando se presentó el Hno. Néthelme-de-Jésus para reunir a la Comunidad, se dieron cuenta de que faltaban unas veinte, entre Hermanas y Aspirantes. Cifra aproximada, desde luego, y que, indudablemente, sería posible verificar. Transcurridos 40 años, los recuerdos pueden difuminarse.

El Arzobispado nombró una superiora interina, la Hna. María de Jesús Corona, y la calma se estableció paulatinamente.

Aun cuando el alejamiento de Don Juanito y de la Madre María de la Luz hayan sido muy dolorosos para ellos y para muchas Hermanas, probaron, al menos, que, después de ocho años de existencia, la nueva Congregación había logrado suficiente solidez para continuar viviendo y desarrollándose. ¡Y, sin embargo, la sacudida había sido violenta...!

6.- ¡DESTERRADO..... EN SU MISMA PATRIA!

Concluía la primavera de 1952, cuando Juan Fromental regresó a Francia. Creía, como todo dejaba entenderlo, que se trataba de unas vacaciones normales para visitar a la familia. Transcurrido el tiempo previsto y con toda su buena voluntad, llegó a la calle de Sevres, en Paris, el 22 de julio. ¡Pensaba tomar el avión para México, el 26! Aún desconocía que sus Superiores tenían otros planes. Según una apostilla del Hno. Maurice Hermans, el Hno. Superior General y el Hno. Asistente Antonio María habían decidido que se quedara en Francia.

Era tan ardiente su deseo de regresar a México, que el Hno. Fromental había prometido desentenderse totalmente de las Hermanas. No bastó con eso, ya que el Hno. Antonio María escribió el 16 de agosto que no accedía a su petición. En París, correspondía, pues, a los Hermanos Fabien-Anatole (miembro de la Comunidad) y Néman-Gabriel (Jean-Jacques Convers, su antiguo compañero), comunicarle la decisión de los Superiores. En semejantes circunstancias fue cuando el Hno. Néman-Gabriel -y según el testimonio ya consignado- admiró la obediencia generosa y humilde del interesado. Teniendo en cuenta la sensibilidad personal del Hno. Fromental, el enorme cariño que tenía por México, los cuarenta años que había vivido fuera de su país natal, y su amor por la incipiente Congregación de las Hermanas, fácilmente puede comprenderse cuán dolorosa le resultó semejante decisión.

Varios documentos -entre ellos la biografía que redactó el Hno. Maurilio- aseveran que, en esa coyuntura, Juan Fromental recibió una "obediencia" para integrarse en una Comunidad del Puy. Se señala la Casa de Descanso conocida como "Los Carmelitas", y hasta se habla de Vals. Probablemente tales afirmaciones no carecen de fundamento. Sin embargo, los registros de las Comunidades no indican ni su llegada, ni su incorporación.

Por el contrario, las "Listas de Personal" correspondientes al año civil 1952 (31 de diciembre), consignan que es miembro de la Comunidad de La Calade, en Marsella. Aquí retomaremos su itinerario.

Marsella - La Calade: Finales de 1952 al verano de 1953.

Juan Fromental tiene 57 años. A pesar de los quebrantos de salud que padeció en México unos cuantos años antes, se conserva ágil y puede desempeñar un trabajo metódico. El Hno. Maurilio señala que trabajó en la hortaliza de "Los Carmelitas". No es aventurado: la casa poseía una hortaliza suficientemente amplia, y el Hno. Fromental podía reencontrar su pasado campirano. Ignoramos por qué dejó el Puy para trasladarse a La Calade. ¿Tal vez para gozar de un clima menos riguroso que el de Velay? Sea lo que sea, venía a ser un cambio de Distrito -del Puy a Marsella- lo que, en esa época, ni era fácil, ni era frecuente.

Lo tenemos, pues, en La Calade, barrio que domina el puerto de Marsella. En la casa de los Hermanos y en aquel 1953, vivían: el Hno. Visitador del Distrito de Marsella y sus colaboradores inmediatos; un Aspirantado con su cuerpo profesoral; y una numerosa Comunidad de Hermanos ancianos. La propiedad, que comprendía amplios y antiguos pabellones rodeados de jardines y de un parque, facilitaba los pequeños paseos para distraerse y diferentes ocupaciones manuales. Los árboles -especialmente los álamos- brindaban una sombra tamizada en los grandes calores, y una piscina rudimentaria invitaba a un chapuzón refrescante.

Siendo la Casa Central del Distrito, son múltiples las actividades para servicio de los Hermanos: correo, impresión y expedición de boletines y circulares, y otros trabajos de esta índole. Parece que se solicitó la colaboración de Juan Fromental para esos menesteres: trabajo de clasificación, de expedición.....

Esta primera estancia en La Calade significó, también, un período de descanso. Muy hondo habían calado en él, los acontecimientos vividos, así en México como en Francia, durante los meses anteriores. ¡Cuánto debió sufrir interiormente al verse separado, por completo, de cuanto había sostenido su actividad a lo largo de varios años: se había entregado totalmente para fundar la Congregación de las Hermanas, y nada sabía acerca de ellas!

Su cercanía al puerto de Marsella, influía para que la casa de La Calade viviera, en parte al menos, el ritmo de las actividades portuarias. Los Hermanos que residieron allí, recuerdan bien el ruido ininterrumpido de las grúas y de los motores, el sonido profundo de las sirenas de los barcos... Había una sensación de mar abierto, propia para suscitar la nostalgia en quienes, como Juan Fromental, habían surcado el océano.

El Internado de La Salle - Avignon: 1952-1959 y 1960-1962

El Hno. Juan Fromental volvería a La Calade al cabo de pocos años, pero su primera permanencia fue breve.
En el verano de 1953, el Hno. Visitador lo envía a la "Ciudad de los Papas": Avignon. El Internado de los Hermanos, localizado dentro de las vetustas murallas, facilita la exploración de la antigua ciudad provenzal, tan pintoresca y llena de colorido. ¿Quién no recuerda: el Palacio de los Papas, el célebre "Puente de Avignon" -también conocido como Puente de San Bénézet-, las murallas...? Avignon: bañada, habitualmente, por el sol; pero azotada, algunas veces, por un gélido mistral contra el cual no existe protección....

En dos ocasiones residirá Juan Fromental en esa ciudad, y sumará, así, ocho años. Para nosotros, Avignon es, también, un rancio terruño lasallista: la fundación inicial se remonta a los orígenes del Instituto. Y allí me cupo el privilegio y el placer de tratar algún tiempo, breve por cierto, a Juan Fromental en el verano de 1958.

No se trataba -como consigna el Hno. Maurilio- de que Juan Fromental atendiera a algunos Hermanos ancianos; asumía la responsabilidad de la enfermería del Internado de La Salle. Así -y, según parece, con evidente alegría- reanudaba su relación con el mundillo juvenil. Pertenecía a una Comunidad de, por lo menos, quince Hermanos, y todos en plena actividad: dirección, administración, docencia... Comunidad a la que, de buena gana, calificaría como "meridional", siempre y cuando signifique: sencillez y franqueza en las relaciones, buen humor, aceptación de las bromas.... En pocas palabras: una Comunidad en la cual daba gusto vivir y en la cual Juan Fromental se sintió a sus anchas.

El establecimiento escolar contaba entre 500 y 550 alumnos, desde la primaria elemental hasta el bachillerato. Los internos oscilaban, según los años, entre 180 y 200. Eran los que aseguraban la clientela de la enfermería: los "pacientes" del nuevo enfermero. Pequeños accidentes durante los recreos, catarros o gripes, y uno que otro "enfermo imaginario"..., no justificaban un regreso a la familia, ni exigían la intervención de un enfermero especialmente cualificado. Cuando la gravedad del caso lo ameritaba, se llamaba al médico y se informaba a los padres de familia para que pudieran responsabilizarse directamente de la atención al enfermo.
Durante ocho años -interrumpidos por un curso escolar-Juan Fromental asumió esa responsabilidad. Y lo hizo con toda su abnegación, con su presencia afectuosa y cordial (¡que en más de una ocasión resultó tan eficaz como las medicinas!), con su personalísimo estilo para ejercer su "celo": acerca de ciertos "puntos", era muy suya la manera de entender cómo debía proceder en su "empleo". Más vale que cedamos la palabra a algunos de los Hermanos que lo conocieron durante esos años. Varios tuvieron a bien ofrecer un testimonio personal. Emerge, así, la figura, por demás simpática, del hombre, del cohermano, y del religioso que fue, según ellos, Juan Fromental.

He aquí, pues, sin comentarios, el recuerdo imperecedero que dejó:

* EN EL PLANO PROFESIONAL

"Estaba encargado de la enfermería en el Colegio La Salle. Le correspondía curar las pequeñas heridas, administrar los comprimidos, atender las visitas de los doctores, y acompañar a los alumnos cuando acudían al médico o al dentista. Los internos que debían guardar cama, permanecían en la enfermería a lo más un día, en espera de que los papás fueran por ellos para cuidarlos en casa.
Al Hno. Fromental correspondía el adecuado mantenimiento de los locales de la enfermería: sala para las consultas médicas, sala para las curaciones, sala de descanso, y algunas habitaciones. Dotado de gran habilidad manual, había organizado un pequeño taller en el pasillo que va de la enfermería al coro de la Capilla. Allí fabricaba, personalmente, mesas y cabeceras para las camas. Hasta llegó a colocar en el tambor de la cama un dispositivo que permitía levantar el busto de los enfermos". (Hno. Maxime Ferland)

"En el Colegio de Avignon, desempeñó, a completa satisfacción, el empleo de enfermero. Atendía a sus enfermos con una abnegación extraordinaria. Yo mismo sufrí una grave intervención quirúrgica, y me veló varias noches. Antes de la operación, y para levantarme el ánimo, me decía: "No tenga miedo: aquí donde me ve, ya estuve ocho veces en "el hule" y salí adelante". Los alumnos acudían de buena gana a la enfermería y, mientras los curaba, el Hno. Bernardo les contaba algún chiste". (Hno. Delphin Chalvet, conocido como Hno. Clément).

"Desde luego que no abundan los documentos, ya que el Hno. Juan se limitaba a cumplir con su encargo de enfermero -"hosco pero abnegadísimo"-, y se desahogaba entregándose a múltiples trabajillos manuales, soldando y reconstruyendo las mesas y las camas de la enfermería. Y todo funcionaba. Los tambores de las camas subían y bajaban, pero había que desentenderse de toda la ferramenta que accionaba el mecanismo. Lo repito: era su "técnica" para liberarse de todas las amarguras acumuladas". (Hno. Richard Vanzo)

"Su ocupación principal fue la enfermería. Y todo mundo piensa que -sin poner en tela de juicio sus conocimientos médicos o farmacéuticos- el modo de recibir a los alumnos y sus palabras tranquilizadoras, influían más para curar a sus enfermitos, que cuantas pócimas y brebajes pudiera administrarles. Por otra parte, los muchachos acudían de buena gana a la enfermería, si no para obtener la "prescripción de descanso" que justificara una ausencia en las clases, al menos para que les engrasara los patines o les parchara el balón. Y es que, efectivamente, el Hno. Fromental manejaba con la misma habilidad las medicinas, los pegamentos, la madera, el hierro, y....¡muchas otras cosas!
Precisamente al visitar a los pacientes en las clínicas, le vino la idea de instalar, en las camas de la enfermería, un "sistema de adaptación" que permitiera variar la posición de los enfermos de acuerdo con sus necesidades.... Pero, ¡oh desilusión!, el mecanismo -que no había recibido la aprobación en la "Oficina de Patentes"- sufría tantas descomposturas, que los timbres para solicitar ayuda en las habitaciones, sonaban con frecuencia, y, no pocas veces, el Hermano enfermero tuvo que intervenir para volver a su posición normal el tambor de una cama que, sorpresivamente, había colocado al enfermo en una posición por demás incómoda.... Frente al fracaso de sus esfuerzos para mejorar el "confort" de sus pacientes, el Hno. Fromental renunció a sus "experimentos" y se conformó con los materiales "tradicionales" más sencillos y menos costosos. Pero, ¡cuánto material había manejado hasta entonces! Y, precisamente en una ida a la ciudad para comprar tornillos, tuercas, y demás "componentes", lo arrolló un vehículo (Nota: en realidad fue una "vespa" o pequeña motocicleta) en la Plaza Guillaume-Puy, a escasos cien metros de la Comunidad.

El accidente le ocasionó un traumatismo craneano, cuyas secuelas habrían acelerado su deterioro corporal y psicológico". (Hno. Paul Durbesson)
"A guisa de anécdota: El Hno. Fromental cuidaba de los alumnos enfermos y también de... sus juguetes: martillo, destornillador, tuercas, soldadura... y los patines quedaban como nuevos. "Mire, Hermano, yo no estoy enfermo... pero mis patines no funcionan..." ¡Y la caridad "universal" del enfermero no establecía distingos entre un dolor de cabeza y un dolor.... de patines! Cuando había competencias deportivas, limpiaba todo, reparaba todo, incluso sus famosas camas "clínicas" para levantar la cabeza o las piernas... ¡Maravilloso Juanito!" (Hno. René Floriot)

* EL HOMBRE Y EL COHERMANO EN LA COMUNIDAD

"Se revelaba como de un temperamento jovial, le gustaba bromear, reía a carcajadas, y, en ciertos momentos, de su tallercito surgían algunas tonadillas acompañadas de exclamaciones o "interjecciones" -a las veces en el dialecto de su pueblo natal- por demás pintorescas y hasta... de cierto "calibre". Para distender la atmósfera de la Comunidad, recurría a algunas bromas inocentes, por ejemplo: "trampas" articuladas que semejaban trozos de azúcar o de otros alimentos.
Durante el invierno, al terminar la cena, distribuía un "cocimiento" que él preparaba personalmente utilizando gran variedad de plantas medicinales y aromáticas para obtener diferentes sabores.
Vive en mi recuerdo como alguien que -a pesar de las intervenciones quirúrgicas y de cierto resentimiento provocado por el "destierro" que se le había impuesto- sabía conservar su dinamismo y su buen humor.
Era abnegado y servicial, habilidoso para "modernizar" el mobiliario de su enfermería, pintoresco y -algunas veces-hasta vulgar en su lenguaje.
Sus procedimientos delicados y -cuando era necesario- sus bromas, contribuían a mantener el buen espíritu en la Comunidad" (Hno. Maxime Ferland)

"El Hno. Bernardo tenía su afición, su derivativo: construir algunos objetos y reparar muchos otros.... Imposible que permaneciera inactivo: inmediatamente echaba mano del martillo o de la garlopa. Había organizado un pequeño taller junto a la Capilla y se le oía tararear mientras trabajaba... Lo que construía y lo que arreglaba, resultaba útil, pero el "acabado" no era perfecto: ¡el hombre y su estilo!
Cuando el martillo caía sobre el dedo y no sobre el clavo, soltaba ciertas exclamaciones muy poco "académicas".
Al llegar las vacaciones, se ofrecía para preparar el campamento de la Comunidad de Avignon en Saint-Cirgues en Montagne. Un año, se llevaron las camas que habían servido para el internado: desarmarlas y volverlas a armar. La faena fue pesada y laboriosa, pero el Hno. Bernardo la realizó alegremente. Mientras trabajaba en los dormitorios vacíos, estallaban sus "jaculatorias" y sus risotadas" (Hno. Delphin Calvet)

"Siempre vi al Hno. Bernardo en actividad, atareado para la utilidad común: pintura, cerrajería, carpintería, etc. Prefería los trabajos manuales. Varios Hermanos que lo conocieron bien mientras residió en Avignon coinciden en su testimonio: El Hno. Bernardo no sabía negar ningún servicio. Personalmente, tuve oportunidad de solicitar su ayuda en Marsella (La Calade), para ordenar el catálogo de la revista vocacional cuyo tiraje, en aquel entonces, alcanzaba varios miles y para responsabilizarse de los envíos. Empleaba un rotulador cuyo funcionamiento nunca llegó a dominar. Esto le planteaba algunas dificultades y ponía a prueba su paciencia. "¡Que se vaya mucho al demonio, esta porquería -exclamaba- va a volverme loco!". Pese a lo cual, continuaba su trabajo y su colaboración para la revista". (Hno. Théodose-de-Jesús)

"De su prolongada estancia en Avignon, quedó el recuerdo de un cohermano de carácter jovial, amable, y dispuesto siempre para brindar sus servicios a los Hermanos de la Comunidad y a los alumnos del Colegio" (Hno. Paul Durbesson)

Y otro Hermano agrega: "Gran trabajador, con iniciativa y hábil para los trabajos manuales. En resumen: un Hermano con quien da gusto vivir en Comunidad" (Hno. Pablo Lecumberry)

"Su modo de hablar, que rompía las normas habituales, pudo acarrearle los reproches de algunos Hermanos demasiado gazmoños..., pero todo se olvidaba ante los continuos servicios ofrecidos con aquella su permanente sonrisa; incluidos los quehaceres más repugnantes (que incumben a todo enfermero) brindados con incansable abnegación y siempre de buen humor: nadie podía resistir... Recuerdo que un anciano enfermo se reanimó y llegó a decirle: "Hermano mío, no se preocupe por su cielo: ya tiene un lugar reservado..." La huella del Hno. Fromental perdurará mucho tiempo en la Comunidad. En realidad, todos éramos sus amigos sinceros" (Hno. René Floriot)

* EL RELIGIOSO

"Siempre admiré su abandono en manos de Dios y su sincera piedad, que no siempre se manifestaba exteriormente... El Hno. "Tchaouvets" asistía a los ejercicios de la Comunidad, a no ser que sus funciones de enfermero lo obligaran a ausentarse. Indudablemente su fe sustentaba su brío en los trabajos y alimentaba su alegría.
También sabía que había sufrido en su cuerpo y soportado varias intervenciones quirúrgicas. Bromeaba acerca de sus "grandes ojales", pero nunca se quejaba. Crecía, entonces, mi admiración por su buen humor, su energía en el trabajo, y su espíritu de servicio" (Hno. Maxime Ferland)

"Consideraba al Hno. Bernardo como un hombre animado por la fe, un religioso serio y virilmente piadoso. Algunas veces le reconveníamos su lenguaje algo "atrevido", y le decíamos, con un dejo de malicia: "Pero Hno. Juanito, eso es indigno de un santo fundador". Y Juanito reía alborozado, pero... no se corregía" (Hno. Émile Reversat)

"Religioso convencido y asiduo a los ejercicios espirituales. Abnegadísimo en su desempeño como enfermero. aunque -y era cosa corriente entre nosotros- sin ninguna preparación específica. Conquistaba las simpatías de numerosos "clientes" -sanos o enfermos- que acudían de buena gana a la enfermería y con él se sentían en absoluta confianza" (Hno. Pablo Lecumberry)

"Personalmente me siento molesto al ver qué significó para la "jerarquía" el accidente del Hno. Fromental. Ante la indiferencia y la incomprensión, reaccionó como un santo religioso: "Dios permitió ese accidente, Dios permitió que yo fuera humillado". Así aceptaba las contradicciones, vinieran de donde vinieran.
En resumen: caridad, igualdad de humor, abnegación, profunda vida espiritual, excepcional sentido común." (Hno. René Floriot)
* UN FUNDADOR DESTERRADO....

"Por mi parte, recuerdo -y lo conocí poco- su discreción acerca de la fundación de las Hermanas Lasallistas y acerca de los Superiores que lo separaron de esa Obra. Nunca escuché una palabra de crítica." (Hno. Jean-Marie Rey, antiguo Visitador de Marsella)

"Nunca hablaba de los años que había pasado en México, ni de la fundación de las Hermanas Lasallistas. En pocas palabras: se había fabricado una especie de disfraz grotesco y original para mantenerse en paz consigo mismo después de los "garrotazos" que le habían asestado nuestros "carísimos" Superiores de aquella época.... Y no lo entendí sino cuando leí su semblanza en el boletín informativo.
Cuando hice el Segundo Noviciado en 1960, me correspondió ir a la cocina para buscar los alimentos, y así pude llevarles noticias de su "santo"(?) Fundador a las Hermanas mexicanas: inmensa fue su alegría al reencontrar las huellas "casi desaparecidas" de su querido Hermano Juanito. Les proporcioné la dirección del Hno. Fromental: así se reanudaron sus relaciones con las Hermanas de México. Claro está que actué "motu proprio", sin que nadie estuviera al tanto de esos informes, pero contribuyeron para que terminaran los "años de purgatorio" así del Hno. Fromental como de las Hermanas. Ni tardas, ni perezosas lograron dar con su Padre Fundador y, finalmente, pudo pasar tranquilamente los últimos años de su vida, mimosamente atendido con el cariño de sus hijas espirituales." (Hno. Richard Vanzo)

"En Francia, el Hno. Bernardo Felipe estaba en el "destierro". De varias conversaciones que mantuve con él, se deduce que le resultó muy doloroso su alejamiento de la Congregación de las Hermanas Lasallistas. Pero sabía sufrir en silencio y ofrecía, por ellas, esa pena moral que debió calarle muy hondo. En cambio, inmensa fue su alegría cuando le concedieron la autorización para reunirse con la Superiora General." (Hno. Émile Reversat)

"Sabíamos que a él se debía la fundación de las Hermanas Lasallistas de nuestra Señora de Guadalupe y que los Superiores lo habían "destituido". Nunca lo mencionaba en público y no externaba ningún resentimiento.
Recuerdo haberle preguntado acerca de esto, varias veces. Me decía que, contra su parecer, se había modificado la finalidad de la Congregación; que, originalmente, las Hermanas estaban destinadas a colaborar con los Hermanos en la educación de los pequeños, y no, simplemente, a encargarse de las labores domésticas; que las Hermanas debían estudiar para prepararse, pero que, desgraciadamente, muy otra había sido la orientación que había marcado el Hermano Asistente Antonio María. Algunas veces me decía que "lo tenían desterrado, castigado", se percibía que estaba lastimado, pero cortaba inmediatamente esa reacción y la confidencia concluía con alguna salida jocosa o con una broma." (Hno. Maxime Ferland)
"Cuando el Hno. Juan Fromental llegó a nuestra Comunidad de Avignon, ya sabíamos que era el fundador de una Congregación de Hermanas, destinadas a ser las "auxiliares" de los Hermanos en nuestras Comunidades.
Ciertos rumores -que para nosotros nunca quedarán bien esclarecidos- permitían suponer que su regreso a Francia se debía, más o menos, a que cierto Hermano Asistente, encargado de una Provincia de América Latina, había querido desplazar al Hno. Fromental para que se le considerara -a nivel del Instituto- como el verdadero fundador de la naciente comunidad. Sabemos que esa versión de lo sucedido, produjo un profundo encono en numerosos Hermanos.....
Posiblemente resulta menos violento afirmar, sencillamente, que el susodicho Hermano Asistente, podía, cuenta habida de su función y de su notoriedad, conceder mayor credibilidad a la solicitud presentada ante las autoridades religiosas para obtener el reconocimiento oficial de la Congregación de las Hermanas Guadalupanas. Y esa fue la interpretación que, para calmar la efervescencia, se divulgó "oficialmente" entre el "bajo clero" del Instituto... Más vale voltear la página..." (Hno. Paul Durbesson)

Este último testimonio exige, evidentemente, algunos comentarios. Es cierto que lo asentado por el Hno. Paul Durbesson corresponde a los "chismes" que circulaban en la Comunidad. ¿Qué los había desencadenado? Imposible precisarlo. Desde luego nada tenía que ver en eso el Hermano Fromental, modelo de discreción. Lo consignado anteriormente, basta para precisar que el papel del Hermano Asistente no concuerda con la versión precedente. En 1952 estaba aún en Roma y allí permanecería hasta concluir su período como Asistente. En cumplimiento de sus obligaciones, debía intervenir algunas veces en la marcha de la fundación, incluida la decisión de enviar a Francia al Hermano Fromental, pero por motivos muy superiores, evidentemente, a los que le atribuían las "hablillas" propaladas.

"Admiré su silencio acerca de por qué se le había hecho salir de México, y el que nunca juzgó, ni criticó públicamente los procederes de algunos Superiores, a pesar de las alusiones de quienes lo rodeaban. Siempre elogió a las Hermanas de su Congregación, pero sin atribuirse ningún mérito en ello. Eso fue lo que más me edificó en nuestro Hno. Bernardo Felipe." (Hno. Pablo Lecumberry)

Resulta impresionante la convergencia de estos testimonios. Sin ninguna condescendencia, esos Hermanos nos permiten vislumbrar los rasgos característicos de la personalidad de Juan Fromental. Se conservó un excelente recuerdo de su estancia en Avignon.

Un breve paréntesis en Mónaco.

Durante el curso escolar 1959-1960, el Hno. Juan Fromental aceptó dejar su modo de vivir en Avignon y su labor como enfermero, para convertirse en ecónomo de la Comunidad y de la Escuela "San Carlos" de Mónaco.

Bajo todos los aspectos, la situación es diferente. Las escuelas de los Hermanos gozan, en el Principado de Mónaco, de un status muy especial como escuelas del Estado. El Palacio reembolsa todas las erogaciones.

En aquel entonces, existían en Mónaco, tres Comunidades de Hermanos: Le Rocher, La Condamine, y Montecarlo. Las integran, habitualmente, Hermanos de diferentes nacionalidades, dada la gran flexibilidad de la legislación para ejercer la docencia. Pocas dificultades habrá tenido que superar Juan Fromental para integrarse en su nueva Comunidad: poseía amplia experiencia de grupos internacionales.
Por lo que respecta al trabajo, debió resultar familiar para el antiguo cajero del Colegio "Simón Bolívar". Y lo desempeñará con la servicialidad y el sentido de los otros, que habían quedado patentes en sus funciones de enfermero.

Dos testimonios hablan elocuentemente de este paréntesis monegasco:

"En esa época, ya estaba enterado del papel que le correspondía en la obra que había realizado en México. Me había llamado mucho la atención, ante todo su sencillez, su franca jovialidad, como para que se olvidara su pasado; y después, su absoluta discreción acerca de la fundación realizada: nunca tocaba ese tema. Y lo que es más, no recuerdo ninguna crítica, ningún resentimiento en cuanto a su categoría de preterido, a su alejamiento de su radio de influencia. Admirable sumisión a la voluntad de Dios, en su modesto empleo de ecónomo al servicio de la escuela y de la Comunidad, y lo desempeñaba con dinamismo y su dejo de originalidad.
Sus palabras sencillas, directas, con frecuencia "atrevidas", estaban impregnadas de enorme bondad, de servicialidad y jovialidad extraordinarias, como si quisiera ocultar otras realidades muy profundas y muy serias." (Hno. Serge Jeanselme)

"El Hno. Bernardo fue trasladado a la Escuela "San Carlos" en calidad de ecónomo. Se manifestó como buen religioso, responsable en el cumplimiento de sus funciones, hábil para realizar múltiples trabajillos, dispuesto a ofrecer sus servicios, jovial y algo bromista.
Lo último me recuerda las "inocentadas" que tramó un primero de abril (equivale al 28 de diciembre en otras partes): en la comida, los tenedores y los cuchillos se doblaban con gran facilidad; los arenques y los trozos de azúcar eran ficticios. Los demás manjares resultaron, igualmente, ficticios... Las carcajadas del Hno. Juanito festejaban las "sorpresas" de los comensales. Pero inmediatamente después, aparecieron los verdaderos cubiertos y el azúcar legítimo, el pescado y los demás manjares fueron de excelente calidad.
Sufría porque lo habían separado de las Hermanas Guadalupanas, pero nunca criticaba a quienes lo habían "desterrado".... Y cuando hablaba de las religiosas mexicanas, lo hacía con mucho respeto.
En resumen, el HNo. Bernardo era un cohermano edificante, incluso si no siempre se esmeraba para pulir su lenguaje." (El Hno. Reversat escuchó este testimonio de labios de un Hermano que vivió con el Hno. Fromental en Montecarlo)

Percibimos, claramente, que la presencia -aun breve- del Hno. Fromental en una Comunidad no pasaba inadvertida. Ya han transcurrido treinta años, y su excelente recuerdo permanece vivo entre los Hermanos. Resulta sorprendente comprobar hasta qué punto concuerdan los testimonios de los Hermanos de Montecarlo y de Avignon, acerca del Hno. Fromental.

Concluido el año escolar, Juan Fromental regresó a su Comunidad del Internado "La Salle" de Avignon, y retomó sus funciones como enfermero.

Por desgracia, permaneció allí menos tiempo del que se había previsto. En algunos testimonios consignados, se menciona el accidente que sufrió a los quince meses de haber regresado a Avignon. A partir de ese momento, le fue absolutamente imposible retomar cabalmente sus actividades.

El accidente y sus consecuencias.

* El hecho en sí

Dejemos que la propia víctima nos refiera el trágico acontecimiento. Presentamos amplias citas de una carta que escribió al Hermano Visitador de México, con fecha 14 de noviembre de 1961.

"Es mediodía: hace, pues, un mes y una hora que llegué a este hospital sin la ceja derecha (¡ya la reconstruyeron con una "máquina de coser"!); con la cara horriblemente desfigurada; con el interior de la boca muy lastimado; con la pierna izquierda hecha pedazos y que aún no acaba de curarse, si bien no me impide la marcha.

¿Qué sucedió? Es fácil contarlo. El 14 de octubre, caminaba yo por la calle para realizar algunas compras urgentes -que, finalmente, no pude hacer- y al atravesar hacia la otra acera, miré nada más hacia el lado derecho, ya que debía ir hacia la izquierda, y no me di cuenta de que una "vespa" (pequeña motocicleta) llegaba a toda velocidad. Me lanzó por tierra con tanta fuerza que los vecinos escucharon claramente el impacto en el interior de sus casas, sin confundirlo con los otros ruidos surgidos del accidente.
Resultado: ¡24 horas en el "limbo", y tremendos dolores durante quince días! Pero ya pasó todo y he vuelto a ser el simpático de siempre, salvo que conservaré, de por vida, la cicatriz de la ceja izquierda, y que la profunda herida de la pierna izquierda no acaba de responder al tratamiento..."

Y la carta prosigue: habla del hospital, de los cuidados solícitos que le brindan, del equipo moderno que le llama la atención -precisamente a él, que es enfermero- y de que ofrece a Dios sus sufrimientos por el éxito de la pastoral vocacional en Francia y en México.

Es evidente que el Hno. Juan Fromental evita dramatizar el accidente y hacer hincapié en sus sufrimientos: echa mano de su habitual buen humor....

Tal vez no adquiere plena consciencia de que se inician diecisiete años de sufrimientos, de limitaciones que irán agravándose hasta impedir que retome su trabajo.

* Las secuelas

Algunos documentos nos permiten justipreciar la importancia de los traumatismos. Por ejemplo, esta atestación del Dr. Pierre Dufraisse del Hospital de Avignon:

"Certifico que el señor Fromental Juan, presenta un síndrome postconmocional de quienes han padecido traumatismos craneanos que exige internarlo para observación en el departamento neuroclínico del Profr. Gros, en Montpellier".
(Avignon, el 24 de abril de 1962, o sea seis meses después del accidente).

O bien, esta otra expedida en el Hospital "Santa Marta" de Avignon, el 12 de enero de 1962:

"El infrascrito, Dr. Montagard, jefe del Hospital, certifica que Fromental Juan padece traumatismo craneano con pérdida del conocimiento (40 minutos) y herida frontal suturada en el lado derecho.
Herida en la cara superior de la nariz.
Traumatismo en la cara anterior de la pierna izquierda con quemadura y
hematoma.
Estuvo hospitalizado del 19.10 al 11.12 de 1961.
Pienso, por lo tanto, que el padecimiento señalado exige: Convalecencia de un mes en su domicilio, debe ser consolidado, a la fecha, con IPP que deberá evaluar un experto."

Del Centro Médico de Avignon:

"El Hermano Fromental sufrió, el 17.10.1961, un traumatismo craneal con pérdida del conocimiento durante 20 minutos, y herida en la frente al lado derecho. Un traumatismo de la cara anterior de la pierna izquierda, sin fractura.
El EGG practicado reveló la existencia de una lesión discretamente irritativa en el temporal izquierdo, y una perturbación global de la electro génesis, relacionada, muy probablemente, con una alteración del tronco cerebral superior.
El EGG para verificar, del 06.01.1962, muestra rastros de franca mejoría correspondientes al cuadro de la normalidad." (Avignon, el 5 de abril de 1962)

Cualquier accidente conlleva, de por sí, el recurso a las compañías aseguradoras. Para poder calcular las indemnizaciones deben presentarse documentos médicos, y también las declaraciones de las víctimas. Se pidió, por tanto, al Hno. Fromental que consignara por escrito cómo se sentía. Lo hizo en un documento fechado el 19 de marzo de 1962. Esos cuantos renglones nos presentan un cuadro, ciertamente menos técnico que el de las certificaciones médicas, pero mucho más preciso en lo relativo al paciente:

"Para comprobar mi incapacidad total hasta la fecha, este es el estado de mi salud, o las sensaciones que experimento.
En reposo me siento suficientemente bien, pero tan pronto como me pongo de pie sufro vértigos y numerosos malestares consecuentes, que aumentan conforme al tiempo que permanezco en esa posición.
Las cosas empeoran si me desplazo: titubeo al caminar, me parece que la calle y la banqueta se inclinan hacia la derecha y todo yo me siento como atraído en esa dirección; a lo lejos las veo desiguales y onduladas cerca de mí, lo cual me hace tropezar continuamente.
Con cierta frecuencia -según el grado de fatiga- veo que los objetos se duplican; por ejemplo, si va delante de mí una persona o viene hacia mí, la veo con dos cabezas; me parece que las carrocerías están abolladas, que las ruedas de los vehículos giran zigzagueando, y que la parte superior de los edificios desaparece en una nebulosidad. Si continúo caminando, se me traban los pies y las rodillas, las piernas se me juntan y tengo que realizar un esfuerzo considerable para separarlas, me sostienen con dificultad; las pantorrillas se endurecen; me duele la columna vertebral hasta la mitad de la espalda.
Cuando me siento mejor es en el trabajo de escritorio; con todo, la fatiga aparece muy pronto y entonces invierto las letras o las sílabas en la lectura y en la escritura; leo o escribo "af" cuando debe ser "fa", "multiclor" en lugar de "multicolor". Me resulta difícil seguir un raciocinio riguroso: filosófico, matemático (demostración de un teorema, un problema intrincado)."
(El 19 de marzo de 1962)

* LAMALOU-LES-BAINS: el tratamiento.

Transcurridos muchos meses de consultas y atenciones médicas, se pensó en proponer al Hno. Fromental un tratamiento especial, con el deseo de mejorar algo su estado de salud. Después de múltiples investigaciones y numerosos trámites, se eligió la "Villa Fontenay" en Lamalou-les-Bains, departamento del Hérault.

La "Villa Fontenay" era un centro para tratamiento, incorporada a la Sociedad Mutualista "San Martín" y que recibía, por tanto, a sacerdotes y religiosos enfermos. En esos años la dirigía el Canónigo Rousset. En abril de 1963, después de un intercambio de cartas con los Hermanos de Béziers y del Distrito de Marsella, aceptó recibir al Hno. Bernardo Felipe. En un comunicado al Hno. Visitador y con fecha 15 de abril de 1963, indica algunas puntualizaciones referentes a la "Villa Fontenay": es un establecimiento para descansar, no para recibir atención hospitalaria, por lo tanto es preciso valerse completamente por sí mismo, no se tiene personal especializado; la Sociedad Mutualista "San Martín" exige un certificado de "integridad pulmonar" y no se admite a quienes hayan padecido tuberculosis. También promete que recibirá al Hermano durante algunos meses, sin poder asegurar que podrá permanecer los seis que le han prescrito. La tarifa es de 1000 francos (¡y de aquella época!) diarios y no está incluido el lavado de la ropa.

El Hno. Juan Fromental realizó, pues, una estadía en Lamalou -durante el año 1963- porque así lo prescribió un médico de Marsella. Se presenta una breve misiva dirigida al Superior de la "Villa Fontenay", el 5 de abril de 1963:

"El Doctor ALLIEZ, del Hospital "San José" de Marsella, ha prescrito un tratamiento de seis meses, en Lamalou-les-Bains, a uno de mis religiosos: el Hno. Bernardo Felipe (Sr. FROMENTAL Juan), que tiene 67 años"....
(Este texto no lleva firma, pero debe atribuirse, indudablemente, al Hno. Visitador de Marsella)

Tres cartas manuscritas del Hno. Fromental, expedidas de Lamalou los días 13 de mayo, 19 de junio, y 1o. de octubre (y que se conservan en los Archivos de Fonseranes) nos permiten enmarcar con suficiente precisión el período de su residencia en la "Villa Fontenay". Las dos primeras están dirigidas al Hermano Visitador y la tercera al Hermano Procurador de Marsella.

Cartas muy sencillas que ofrecen algunas impresiones de su estadía en Lamalou. Ofrecemos algunos párrafos:

"Ayer por la tarde establecí contacto con Lamalou a donde me condujo mi hermana con su batallón de nietos; regresaron a Montpellier con el Canónigo Rousset, Director de la Villa, quien nos recibió con mucha amabilidad. De inmediato me ofreció todas las facilidades que harían agradable mi permanencia en este sitio muy montañoso y cubierto de vegetación: verdadero oasis en el Sahara del Hérault.
El descanso es total en esta quietud verdeante. Espero poder aguantar, ya que es una auténtica soledad. Cuando me quedé solo, estuve a punto de llorar." (Lunes 13 de mayo)

"En cuanto a mi estado de salud, parece que las cosas han empeorado desde que llegué a Lamalou. Todos por aquí, incluido el Doctor, me aseguran que es el efecto de los baños puesto que hacen reaccionar violentamente. Recién llegado, quise hacerme el muy valiente, para demostrar que no soy como los demás; ahora, necesito descansar una hora después del baño, la siesta dura más de dos horas y ya no se habla de excursionar por los hermosos parajes de la región.
Me tratan y me cuidan de maravilla: el Doctor que me atiende es bueno como el pan. El Canónigo Rousset, superior de la Casa, me colma de atenciones; las Hermanas mantienen todo en perfecto orden. Solamente he charlado una vez con la Madre Superiora: está en todo y es difícil encontrarla; son a cual más atentas y serviciales; los ejercicios religiosos hechos íntegramente, dejan tiempo y lugar para las devocioncillas. Me estoy preparando para la fiesta del Sagrado Corazón. Siempre lo tengo presente en mis oraciones.
No tengo tiempo para rumiar ideas negras: dedico, diariamente, cuatro horas a los sellos de correo. Aun queda mucho por hacer, pero voy aventajando. Se necesitaba una situación como la que estoy viviendo, para completar la faena...." (19 de junio)

La carta del 1o. de octubre, dirigida al Hermano Procurador de Marsella, se refiere, primero, a asuntos administrativos, en este caso los diferentes trámites relacionados con la Sociedad Mutualisata "San Martín" para conseguir que cubra los gastos de su estadía en Lamalou. Y no parece del todo fácil...
En la segunda parte, habla también de su situación peculiar, después de solicitar diferentes noticias del Distrito, puesto que se haya separado temporalmente.

"No me atrevo a iniciar mi propio "capítulo". ¿Qué hago? Remiendo medias y calzoncillos, estudio. ¿Me aburro? ¡Qué va!, estoy siempre ocupado. ¿Cómo va todo? No sé si la carreta avanza o retrocede: ¡todo está patas arriba!. ¿Y qué sucede, entonces? El tiempo sigue su curso, ya terminé con los sellos de correo, pero no me embarco en otra faena, mientras no sepa el resultado final de todo esto, algo por demás incierto..." (El 1o. de octubre)

En la Casa de Ancianos: 1963-1971

Todos estos detalles acerca de la vida en Lamalou, al parecer insignificantes, revelan, con todo, un estado de salud muy deteriorado. Imposible que el Hno. Fromental retome sus actividades como enfermero o como ecónomo. Necesita, absolutamente, descanso y cuidados.

Nada extraño, por tanto, que concluidos los meses de tratamiento, vaya a la Casa de Ancianos de La Calade, en Marsella. Allí vivirá hasta el verano de 1966. Gracias al testimonio del Hno. Émile Reversat sabemos que esa estadía no significó inactividad completa: hasta donde se lo permitían sus fuerzas, el Hno. Fromental proseguía ofreciendo sus servicios. Algo connatural en él.

Esos años de permanencia en Marsella también quedaron marcados por acontecimientos venturosos, ya que, precisamente entonces, recibió autorización para reanudar sus contactos con las Hermanas de México, y luego con las de España. Indudablemente que esto lo colmó de alegría. Además, recibió las visitas reconfortantes de algunos Hermanos que venían de México o que regresaban allá, e incluso de algunas Hermanas. En cierta forma el destierro se había suavizado un tanto.

* De la Calade a Fonseranes.

Mientras el Hno. Fromental estaba en Marsella, el Distrito realizaba el proyecto de transferir la Casa de Ancianos a La Blache. Posteriormente, se vendería la Calade. Los Hermanos se aprestaron, pues, para ese traslado. Llegado el momento y porque no había lugar suficiente en La Blache, cuatro miembros de la Comunidad fueron enviados a Fonseranes, entre ellos el Hno. Juan Fromental.

En lugar de una casa un tanto ruidosa, se encontró en la tranquilidad campirana de esta antigua Casa de Formación. Localidad perfectamente conocida en el Instituto, ya que había albergado algunas Casas de Formación del Distrito de Béziers, los servicios del Distrito, y otras actividades. Aun cuando el edificio no estaba totalmente acondicionado, brindaba confort suficiente a los Hermanos ancianos. Lo rodeaban un parquecillo muy agradable, amplios cultivos de hortalizas, y varios viñedos. No pocos de los Hermanos ancianos, que aun conservaban fuerzas suficientes, participaban de buena gana en los trabajos para mantener el parque, en el cultivo de las hortalizas, y hasta en la vendimia. El Canal del Mediodía que pasa muy cerca, constituía un buen lugar para pasear y distraerse, sobre todo cuando había maniobras en la exclusa para permitir el paso de las barcazas. Desde la casa podía verse, dada su proximidad, la parte alta de Béziers.

Y en la casa misma, existía una curiosidad local cuyo bien ganado renombre debía acrecentarse: el "Nacimiento" del Hno. Lucien Requis. Curiosos y peregrinos se agolpaban durante todo el año y especialmente en la época de Navidad. Bien conservado y enriquecido con nuevos personajes y múltiples mecanismos, aun actualmente recibe numerosos visitantes. Los Hermanos que guían la visita, aprovechan la riqueza de los símbolos para "catequizar" a los peregrinos. Indudablemente que el Hno. Fromental, al igual que sus cohermanos, gustaría de pasar largos ratos en contemplación orante frente a este "Nacimiento", él apasionado de la mecánica. Y es que sólo cuando se conoce la oculta y complicada "tramoya" de tal realización, puede sopesarse la ingeniosidad de los Hermanos que lo construyeron.

Ya tenemos a un Hno. Juan Fromental septuagenario. El estado de su salud no le permite -¡y es una lástima!- participar en las actividades manuales. Los sufrimientos físicos son constantes, así lo atestiguan algunas cartas de esta época. Como ya no puede colaborar en los trabajos comunes, se constituye intercesor universal: acepta y ofrece sus padecimientos; ora largos ratos en su habitación o en la Capilla, con mayor frecuencia y más encendido fervor cuando pide por las Hermanas. Según parece, desde 1952 no ha olvidado a la Congregación que dejó en México, cuyas noticias recibe ahora con mayor frecuencia. Está al tanto de la extraordinaria expansión que, entre 1952 y 1968, permitió la internacionalización de las actividades de las Hermanas con las fundaciones en Roma, en los Estados Unidos, en España y en Colombia. La obra se acrecienta: regularmente se reúnen los Capítulos Generales y se realizan las elecciones para designar a la Superiora General y a su Consejo.

Precisamente en 1968, la nueva Superiora General -Hna. Celia María Rodríguez- y su Consejo deciden iniciar -ante el Hno. Charles Henry, Superior General de los Hermanos- los trámites necesarios para conseguir que "Don Juanito" regrese a México. Todo se soluciona rápidamente y se toman las providencias para organizar la "repatriación".
¿Podría imaginarse una dicha más honda para el Hno. Juan Fromental y un resultado más merecido, tras 19 largos años de "destierro"?

6.- "EL REGRESO AL REDIL": 1971-1978

"Porque así lo solicitó la Hna. Celia María Rodríguez, Superiora General de las Hermans Guadalupanas, el Hno. Charles Henry, Superior General de los Hermanos, concedió la autorización para que el Hno. Juan Fromental viviera en la Casa Central de las Hermanas. Allí quedó "hospitalizado" el 4 de septiembre de 1971: "Bodas de Plata" de la Congregación de las Hermanas. Éstas lo cuidaron, hasta su muerte, con veneración y cariño." (Atestación del Hno. André Meissonnier)

En efecto, en el año 1971 se iniciaron los trámites para que el Hno. Juan Fromental pudiera regresar a México. Los Hermanos Patrice Marey, Asistente para Francia, y Maurice Laussel, Visitador de Tolosa, el Hermano Visitador de México y las Hermanas se pusieron de acuerdo para decidir y preparar ese traslado. El Hno. Maurilio -páginas 43 y 44 de la biografía del Hno. Fromental- relata algunos detalles de tan ansiado retorno.
4 de septiembre de 1971: ¡doble fiesta: para el propio Hno. Juan Fromental y para la Congregación de las Hermanas! Para ellas era el reencuentro total y definitivo de su querido "DON JUANITO", como le llamaban normalmente con respetuoso afecto. También para nosotros será "DON JUANITO" en estas últimas páginas.

En México, volverá a tratar a varios de los actores que intervinieron en la fundación y en los dolorosos acontecimientos de 1952. Si el Hno. Néthelme-de-Jésus falleció en 1956, viven aún: el Hno. Bernard-Alphonse Grousset, Visitador en los años 50; los Hnos. Antonio María y Alcime-Marie que regresaron a México, el primero al concluir sus funciones de Asistente, y el segundo porque así lo solicitaron las Hermanas. Ambos colaborarán en la formación de las Hermanas, pero muy especialmente el Hno. Alcime-Marie quien, aceptó dejar su descanso en Athis-Mons para responder a una petición que transmitieron los Superiores de Roma.

Y también vivían -reintegradas, desde 1952, a su Congregación de "Franciscanas de la Inmaculada Concepción"- la Madre María de la Luz López y la Madre Leonor Richart.

Como lo señala el Hno. Meissonnier, se concedió a Don Juanito una autorización especial para residir en la Casa Central de las Hermanas (Calle de Murcia): un conjunto de edificaciones en torno a un patio central, donde funcionan: el Gobierno Central de la Congregación con sus diferentes Servicios, el Noviciado, y una de esas "Academias" profesionales señaladas desde los orígenes de la Congregación.

Se le recibe con gran entusiasmo y enorme delicadeza. Durante siete años, las Hermanas se ocuparán totalmente de él, estarán atentas a cuanto pueda necesitar y lo cuidarán con todo esmero. Una de ellas recibe el encargo de atenderlo personalmente. Y a varias les cupo ese honor. La primera -año 1971-1972- fue la Hna. Teresita, y a ella le pregunté qué recuerdos conservaba de su Fundador. El valor de su testimonio queda realzado puesto que, tras una breve permanencia en otra Comunidad, regresó a la Casa Central como Secretaria General durante cuatro años, y antes de que falleciera Don Juanito.

Poco tiempo después de su regreso, Don Juanito escribió al Hno. Visitador Maurice Laussel para comunicarle sus primeras impresiones. La carta está fechada el 25 de agosto de 1971, lo cual es un error evidente -atribuible a los achaques del autor-, dado que ese día -detalle sin mayor importancia- estaba aún en Fonseranes.

Copiamos ese texto:

"Muy estimado Hermano Visitador Joel,
Aquí van algunas noticias de este pobre "deschavetado" que no puede olvidar ni a Fonseranes, ni a sus dichosos moradores. Tuve una intención muy especial por Ud. a los pies de nuestra Señora de Guadalupe, le encomendé todas sus intenciones y las del Distrito.
Actualmente vivo en esta Casa Central de las Hermanas, donde fui recibido como un libertador, me cuidan y soy casi un rey, a pesar de que son muy pobres. Se imponen algunas privaciones para que yo no carezca de nada. Ayer me llevaron a visitar un magnífico jardín público de muchos recuerdos para los mexicanos, ya que allí estaban los ídolos de los dioses aztecas; cada árbol lleva el nombre de una de esas divinidades. Es un parque muy bonito y que ha sido muy ampliado. Es un orgullo de la ciudad de México. Diariamente visito una de estas curiosidades. También visité el enorme estadio para los juegos olímpicos, donde el hombre experimenta gran admiración ante tanta majestuosidad y tan sabia distribución; y todo está previsto para facilitar las comunicaciones a pesar del inmenso y exigentísimo público. Y otra maravilla más, el lago para que naveguen embarcaciones de recreo, construido con la ayuda de buldozers y que exigió la remoción de muchos millones de metros cúbicos de tierra: tiene dos kilómetros de ancho y 15 ó 20 de largo. Aun me quedan muchas cosas por visitar.
Estimado Hermano Visitador, creo que ya lo cansé con estas repeticiones y estos garabatos, y aquí me detengo, pidiéndole perdón por mis faltas de ortografía, tan grandes que me pregunto si tengo uso de razón o si ya lo perdí.
Gracias por todas sus bondades y delicadezas para conmigo. Permita que intente corregir con la misma pluma.
Suyo afectísimo y recordándolo a los pies de nuestra Señora de Guadalupe,
Hno. Juan Fromental."

Tal vez el estilo de la carta nos desconcierte. El texto original presenta, efectivamente, varias tachaduras y correcciones, y una puntuación un tanto extravagante. Peculiaridades que permiten conocer cuál era el estado de la salud de Don Juanito desde el primer año de su estancia en la ciudad de México. Como ya se dijo -citando al propio Hermano-el accidente de Avignon tuvo secuelas profundas y duraderas, cuyas manifestaciones irán agravándose a lo largo de los siete años que vivirá aún.

¡Qué cambio: "de Marta a María"! En los inicios de la fundación, Don Juanito hablaba de la finalidad de la Congregación echando mano del relato evangélico acerca de estas santas mujeres y de la imagen transmitida a lo largo de los siglos.

Vemos ahora a un Don Juanito -a quien todos sus cohermanos conocieron tan activo, incansable, cuya abnegación en favor de los demás rayaba en la exageración- obligado a aceptar que, en adelante y cada vez más, tendrá que depender de otros. El caminar, la escritura, la mecanografía, el enfoque visual, la coordinación motriz, el equilibrio...se le vienen dificultando desde hace diez años.

Si antes se preocupaba por ayudar a los demás, ahora teme ocasionarles molestias, y esto lo hace sufrir. Se confunde en excusas cada vez que debe solicitar ayuda: ¿acaso habrá incomodado?. Desearía vivamente -y hasta llega a intentarlo- bastarse por sí mismo para realizar algunas actividades sencillas: arreglar su cama, ordenar sus pertenencias, asear el calzado, lavar sus sábanas, bañarse en la regadera.... pero no siempre lo logra, y hasta provoca menudos incidentes cuya primera víctima es él mismo y por los que multiplica sus disculpas.

A pesar de todo, y recién llegado a la calle de Murcia, ofrece sus servicios, especialmente para colaborar en la formación de las Novicias. Les imparte algunas charlas acerca de San Juan Bautista De La Salle, acerca de la vida religiosa... y hasta intenta brindar cursos de francés a las Hermanas interesadas en ello. Pero esto provoca excesiva fatiga y penetrantes dolores de cabeza...tanto, que el médico le prohíbe continuar en ese esfuerzo: sobrepasa con mucho sus menguadas fuerzas.

Pero no se resignará a permanecer inactivo. "Se las ingeniaba para emplear bien su tiempo", dice la Hna. Teresita.
¿Exactamente en qué? Las Hermanas que pude interrogar, coinciden al indicar algunos rasgos característicos del comportamiento de Don Juanito en estos siete años. He aquí lo que se infiere de sus atestaciones.

Hombre de oración.

Es el dato que se repite con mayor frecuencia en los testimonios. Por ejemplo: los de la Hna. Teresita, que lo conoció a partir de 1971; de la Hna. Oliva que hizo su postulantado y su noviciado entre 1976 y 1979 en la Casa Central; de la Hna. María Eugenia, que era simple estudiante en la Academia Profesional durante los últimos seis meses de la vida de Don Juanito. Así para las Hermanas que lo atendían directamente, como para las que sólo lo veían desde lejos, para las Novicias o las Alumnas, Don Juanito era, ante todo, un hombre de oración. Rezaba constantemente, si damos crédito a lo que dicen.
Ante todo, era fidelísimo para participar en las oraciones de la Comunidad de las Hermanas, excepto cuando se lo impedía el estado de su salud. Un 15 de agosto, sufrió quemaduras de consideración al bañarse en la regadera porque no había quien pudiera regular la temperatura del agua y estaba decidido a participar en la Misa de esa solemne fiesta mariana.

Con frecuencia añadía un "suplemento" a las oraciones comunitarias, al participar en los rezos de las Novicias: a media mañana, o en la meditación de las 12:00 a las 12:30 h.
Y aun deben sumarse sus prolongados tiempos de oración personal en la Capilla, ante el Santísimo Sacramento. Con mucha frecuencia, cuando las Hermanas llegaban a la Capilla encontraban allí a Don Juanito. Lo cual conllevaba un mérito especial ya que su habitación distaba un tanto de la Capilla y tenía que subir una escalera.

Sobresalía, indudablemente, su devoción al Rosario: lo tenía siempre al alcance de la mano. Mientras sus fuerzas se lo permitieron lo rezaba paseando en el corredor, después -y durante varias horas- en su habitación. Si alguna Hermana le preguntaba cuántos Rosarios había rezado desde por la mañana, respondía, sonriendo, que le resultaba imposible llevar esas cuentas.

A lo anterior deben sumarse los tiempos de lectura espiritual. Cuando la pérdida de la vista y los dolores de cabeza le impidieron hacerla personalmente, las Hermanas le brindaron ese servicio: normalmente la que cuidaba directamente de él, o bien alguna otra de las profesas, e incluso las Novicias en algunos períodos.

Rezaba por la Congregación de las Hermanas, por el acrecentamiento de sus miembros, y también por el Instituto de los Hermanos. Reservaba una intención muy especial en favor de las dos Religiosas Franciscanas que habían participado en la fundación: María de la Luz y Leonor Richart. Al recordar lo que habían hecho y lo que habían sufrido, le gustaba repetir que tenerlas presentes diariamente en sus oraciones era, para él, un deber.

No ocultaba sus devociones muy particulares: ante todo, el Santísimo Sacramento; la Santísima Virgen, cuyas fiestas preparaba y celebraba, especialmente la de nuestra Señora de Guadalupe; Juan Bautista De La Salle, su Fundador, cuyos ejemplos y palabras recordaba gustoso, sobre todo los de sus últimos años de vida; los Santos Angeles Custodios, devoción tradicional en el Instituto de los Hermanos; y, finalmente, el Hno. Miguel Febres Cordero, su santo profesor de Premiá.

Hombre pobre y desprendido.

No tenía dinero para su uso personal, y dependía totalmente de la Comunidad de las Hermanas en cuanto a sus gastos menores. Las Hermanas debieron recurrir a una estratagema para convencerlo de que debía aceptar una pequeña asignación mensual; algo casi insignificante: cinco pesos... Práctica ya establecida entre los Hermanos. No se atrevía a pedir nada para sí, como grasa para el calzado o un cepillo para la ropa. Le incomodaba, sobre todo, el no poder darles gusto a las Novicias ofreciéndoles alguna golosina, pero se regocijó cuando sus cinco pesos se lo permitieron....

Más que de esa pobreza económica, se preocupaba por el desprendimiento personal. Repetía que un religioso debe practicar constantemente el desasimiento, que siempre hay cosas inútiles que salen sobrando.... Personalmente tenía un "caso de conciencia": su apego a tres fotografías en las que aparecía él mismo con las dos co-fundadoras: María de la Luz y Leonor. ¡Brotaban tantos recuerdos y, además, esas fotografías le ayudaban para rezar por las dos Hermanas..! La Hna. Teresita le ayudó a resolver ese "caso de conciencia" y a practicar el desprendimiento: debía regalarle esas fotos, y así se hizo....

En esa decisión de desprendimiento, Don Juanito se refería siempre al mismo Jesucristo, a quien los religiosos debían seguir con generosidad.

Hombre obediente y humilde.

Lejos de prevalerse de algún título o prerrogativa, dada su calidad de fundador, tan pronto como llegó a la calle de Murcia, Don Juanito se esmera constantemente para obedecer a las peticiones y sugerencias de las Hermanas, especialmente de la que debía atenderlo personalmente. No quería hacer nada sin pedir el permiso correspondiente. Suplicó a las Hermanas que le precisaran su horario cotidiano, las oraciones que las podía rezar en particular y cuáles podía compartir con la Comunidad.

Otra prueba de su espíritu de obediencia: su fidelidad escrupulosa para respetar el horario de la Comunidad.

Cuando sobrevenía algún accidente, debido a sus enfermedades y a las limitaciones subsecuentes, se confundía en excusas y pedía perdón. Llegaba hasta arrodillarse delante de la Hermana que lo atendía, para solicitar su perdón, y no quedaba totalmente satisfecho sino cuando se lo notificaba claramente.

La Hermana María Eugenia recuerda que, incluso entre las alumnas de la Academia, Don Juanito tenía fama de obedecer en todo a las Hermanas y de manifestar claramente un carácter modesto y humilde. -Imposible adivinar que era el fundador de la Congregación...
Hombre valeroso en el sufrimiento.

Durante toda su vida, Don Juanito había sido duro consigo mismo. Por naturaleza no era propenso a quejarse. Ofreció pruebas, más que suficientes, de esa valentía a raíz del accidente de 1961 y, sobre todo, en los últimos siete años de su vida.

Una mano y una pierna lo hacían sufrir mucho. Le era imposible caminar con pasos firmes y su mano le impedía una prensión segura y debidamente controlada. Padecía frecuentes y violentas cefalalgias. Sufría moralmente porque ya no podía hilar sus ideas, ni seguir una conversación prolongada. Y a tantos infortunios vinieron a sumarse los dolores estomacales e intestinales y los problemas de presión arterial.

Elenco impresionante.... con todo, y para no molestar, Don Juanito procuraba no pedir auxilio; cuando tenía que hacerlo o cuando sobrevenía algún percance, ofrecía sus excusas. Debido a sus padecimientos, varias veces cayó por tierra en sus desplazamientos, en la escalera que conduce a la Capilla, en la escalera mecánica de un gran almacén..... Ya recordamos que un 15 de agosto sufrió quemaduras de cierta importancia en la cabeza, en los hombros y en las piernas al bañarse con agua demasiado caliente.... Una noche se le olvidó quitarse la prótesis dental y se la tragó mientras dormía...

Consecuencias inevitables: contusiones y heridas. Aseguran las Hermans que nunca se quejó de sus dolores. El día que sufrió las quemaduras, se las arregló para vestirse sin ayuda de nadie y para acudir a la Misa a pesar del escozor que producía la ropa al frotar la carne viva de las heridas. Los médicos que intervinieron para extraer la prótesis dental quedaron maravillados ante la energía del paciente: ni una sola queja, ni el menor grito de dolor. Y, sin embargo, la intervención quirúrgica fue dolorosa.

Ese valor, lo conseguía Don Juanito al contemplar los sufrimientos de Jesucristo. Le gustaba repetir que sus padecimientos eran una nadería comparados con los de su divino Maestro.

Además, consideraba sus dolores como un medio para expiar sus propios pecados y como la posibilidad de "hacer su purgatorio en este mundo". Motivaciones todas de orden espiritual, desde luego.

Y sin embargo, pese a este alud de padecimientos, aún conservaba su inveterada inclinación a gastar bromas, ya en palabras, ya aguijoneando con el bastón a las que se demoraban en los pasillos o que cometían demasiadas equivocaciones cuando le leían.

Un lasallista

Aunque físicamente separado de una Comunidad de Hermanos, Don Juanito no olvidaba que era un Hermano de las Escuelas Cristianas. Su empeño para vivir realmente en comunidad con las Hermanas, indicaba a las claras su profundo espíritu lasallista.
Además, desde su regreso a México, recibía con mucho agrado las visitas del Hno. Alcime-Marie y del Hermano Visitador que animaba el Distrito de México Sur. Cuando su estado de salud se lo permitía, aceptaba gustoso las invitaciones que le hacían los Hermanos del Colegio "Simón Bolívar" -contiguo a la Casa de las Hermanas- o de alguna otra Comunidad de la Ciudad. Visitas breves, desde luego, debido a su incapacidad para prolongarlas, pero que le permitían reencontrase en la atmósfera lasallista.

Aseguran las Hermanas que estimaba mucho el hábito religioso de los Hermanos: le gustaba revestir la sotana y conservarla impecable, procuraba que el alzacuellos y el "rabat" estuvieran limpios y en buenas condiciones. Sus visitas al "Simón Bolívar" apuntaban también a ese objetivo.

Pero sobretodo, solicitaba con frecuencia que le leyeran la Regla de los Hermanos (la de 1967) y la Colección, textos que alimentaban su oración. Le gustaba contemplar cómo había vivido San Juan Bautista De La Salle los últimos años de su vida, y, como él, repetía incansablemente "que era preciso cumplir en todo la voluntad de Dios".

Por otra parte y durante toda su vida, Don Juanito había demostrado claramente su espíritu lasallista: en su sencillez y en su abnegación, en el servicio desinteresado a sus Hermanos, en su amor por los niños y los jóvenes, en su comprensión heroica de la obediencia en situaciones penosísimas, en su preocupación por los pequeños y los pobres que lo había conducido hasta la fundación de la Congregación de las Hermanas.

Ese espíritu lasallista evidenciado en su vida de sufrimiento, constituía, pues, la coronación de un prolongado itinerario espiritual.

"NUNC DIMITIS...."

Resultaría erróneo producir la impresión de que Don Juanito vivió esos últimos siete años en una actitud de repliegue sobre él mismo y sus sufrimientos. Muy al contrario: en su apostolado de la oración se interesaba por cuanto atañía a las dos Congregaciones que llevaba tan adentro en su corazón; se preocupaba por la pastoral de las vocaciones y por la formación de los y las jóvenes; fue él quien, cierto día, propuso a María Eugenia -que estudiaba aún en la Academia profesional- su ingreso con las Hermanas.

Se informaba de la vida y desarrollo de la Congregación, y atendía con esmero al grupo de Novicias. Lo hizo hasta el último año de su existencia, cuando ya la memoria lo traicionaba y mezclaba los recuerdos de los años de la fundación con los acontecimientos que estaba viviendo. Se preocupaba por saber si las Hermanas no encontraban demasiadas dificultades. Brotaban del subconsciente las reminiscencias de su breve estadía en Puebla a principios de 1952... prueba evidente de que la había vivido intensamente.

Esos siete años quedaron marcados por sucesos venturosos que debieron regocijarlo profundamente.
Ante todo, la expansión de la Congregación cuyas fundaciones continuaban: cinco, en 1971; una en 1973, y otra en 1978.
La inauguración de una escuela de las Hermanas en la ciudad de León (1973) colmó sus anhelos: era la primera atendida directamente por las Hermanas y realizaba los objetivos que se había propuesto desde los inicios de la fundación.

Pero, indudablemente, el gozo supremo correspondió al reconocimiento de las Hermanas como Congregación de Derecho Pontificio. Había firmado el documento que solicitaba ese reconocimiento y la respuesta no se hizo esperar demasiado. Fue una explosión de alegría cuando llegó a México el Decreto del 15 de abril de 1976, firmado por Su Santidad Pablo VI y por el Cardenal Eduardo F. Pironio.

La "recepción oficial" del Documento se realizó, con gran solemnidad, en la Basílica de nuestra Señora de Guadalupe el 16 de octubre. Participaron numerosas personas y altas autoridades religiosas bajo la presidencia del Cardenal Arzobispo de México. El Hno. Charles Henry, antiguo Superior General de los Hermanos, acudió expresamente desde los Estados Unidos para compartir la alegría de las Hermanas y de su Fundador. Y aunque ya estaba muy debilitado, Don Juanito tuvo el privilegio y la dicha de hallarse presente en la ceremonia.

Aún le quedaban dos años de vida.

Con el paso de los años, disminuían sus fuerzas físicas y se agravaban sus enfermedades. Las Hnas. Oliva y María Eugenia recuerdan bien aquel 5 de diciembre de 1978 cuando falleció apaciblemente acompañado por las oraciones de todas las Hermanas de la Casa Central, Profesas y Novicias. Ahora reposa en el Panteón, conocido como "Guadalupano", del barrio de Mixcoac en la ciudad de México. En la misma cripta se inhumaron los restos de la Madre María de la Luz, considerada por las Hermanas como su fundadora: volvieron a reunirse quienes habían luchado denodadamente para que nacieran las "Hermanas Guadalupanas de La Salle".

El testamento espiritual de DON JUANITO.

Después de recibir el Decreto de la Aprobación Pontificia, en 1976, y antes de la celebración oficial, Don Juanito envió un mensaje a todas las Hermanas. Viene a ser una especie de "Testamento Espiritual", muy a propósito para terminar estas páginas.

"MENSAJE DEL HERMANO JUAN FROMENTAL
A LAS HERMANAS GUADALUPANAS DE LA SALLE"

Muy amadas Hermanas en Jesucristo nuestro Señor,

No encuentro las palabras para expresar lo que quisiera decirles. Como ustedes saben, ya estoy viejo, con un pie en la tumba, y quisiera decirles muchas cosas; pero pierdo el hilo de mis ideas y se me olvida lo que iba a decirles.
Doy gracias a Dios porque me conserva firme y deseo que ustedes participen de esa firmeza. No soy nada, pero cumplo la voluntad de Dios con el auxilio de su gracia y Le ofrezco mis sufrimientos por todas ustedes, y así puedo repetir -como San Juan Bautista De La Salle-: que siempre se cumpla en mí su voluntad.

Estoy resuelto a cumplir las órdenes de Dios y a recibir sus indicaciones y sus inspiraciones, ya que el mismo Jesucristo nos ha dado ejemplo, puesto que cumplió en todo la Voluntad del Padre y nos lo confirmó con el don total de sí mismo hasta la muerte de Cruz.

Hermanas Guadalupanas de La Salle, las felicito por la Aprobación Pontificia y, juntos, damos gracias a Dios, y quisiera decirles, sencillamente, que siempre respeten y vivan, con alegría y amor, sus Reglas y Constituciones:
- Manténganse sumisas al Papa e, igualmente, a cualquier Superiora que sea nombrada.
- Acudan puntualmente a la oración para perseverar en el amor de Dios.
- Tengan horror del mundo, de sus obras y de sus vanidades, porque es causa de tentaciones.
- Ámense mutuamente en la caridad y trabajen siempre unidas y con un espíritu de alegría y de sacrificio.
- Cumplan, en todo, la Voluntad de Dios.
Es cuanto quiere decirles su indigno representante,

el Hermano Juan Fromental.

México, D.F., el 28 de junio de 1976."

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