Espiritualidad

UNA ESPIRITUALIDAD PARA LA MISIÓN

1. UNA ESPIRITUALIDAD DE LA MEDIACIÓN

La espiritualidad lasallista es la expresión del sentido profundo de aquello que vivimos cuando estamos animadas por el carisma de La Salle. No se puede confundir con un conjunto de devociones.

La espiritualidad lasallista es una espiritualidad de la mediación: no busca su motivación en el deseo de ser más perfecto -en una perfección que queda centrada narcisistamente en sí misma-, sino en la necesidad de ser un buen mediador de la luz, lo mejor posible. Nos descubrimos mediadoras de la acción de Dios, colaboradoras de la Obra de Dios, instrumentos en las manos de Dios, ministros y representantes de Jesucristo.

Nuestra relación con Dios ya no está al margen de la misión que Él mismo nos ha confiado, sino que es auténtica en la medida en que esté alimentada desde esta misión. Nuestra consagración, nuestra santificación, nuestra oración, estarán motivadas y estimuladas por los destinatarios de nuestra misión.

2. UN ICONO DE LA ESPIRITUALIDAD LASALLISTA: NTRA. SRA. DE GUADALUPE

Cuando Juan Bautista nos presenta a María, su manera preferida de hablar de ella no será tanto como de un objeto pasivo de devoción, sino como modelo de esa mediación que ha de caracterizarnos a nosotras:
"Si María recibió tal abundancia de gracias
fue para que hiciese partícipes de ellas
a los hombres que acuden a su protección" (MF 163,3)

Veamos así el icono de Nuestra Señora de Guadalupe. Un icono es una imagen para ser contemplada, y no sólo un objeto de devoción. A través de la imagen podemos intuir y sentir un misterio de fe. El icono de Nuestra Señora de Guadalupe nos revela el misterio central que alimenta la espiritualidad lasallista. En este icono contemplamos la Mujer que lleva en su seno a Jesús y quiere darlo a luz en medio de este pueblo al que viene enviada.

Viéndola a ella se despierta en nosotras la urgencia de cumplir la tarea que Dios nos ha encomendado como Instituto; como dirá La Salle, es "la tarea de formar a Jesucristo en el corazón de los niños que tienen encomendados a su solicitud, y comunicarles el Espíritu de Dios" (MF 80,2). Y esa es la tarea que nos urge a la oración y a llenarnos de Dios, nos insiste también La Salle.

Los dos estribillos bíblicos de la espiritualidad lasallista resuenan en esta contemplación. Uno nos recuerda el objeto de nuestra misión: Somos embajadores y representantes de Jesucristo. Somos ministros de Jesucristo y de su Iglesia... El otro nos remite al centro desde el cual llevamos la vida a la misión: "Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí" (Gál 2,20).

Luego está la mirada de María, vuelta hacia un pueblo pobre que debe ser liberado y evangelizado. Y sentimos en esa mirada los ojos de Dios en aquella escena de Moisés y la zarza ardiendo: "He visto la aflicción de mi pueblo... Voy a bajar a liberarlo", para luego decirle a Moisés: "Vete, yo te envío", y Moisés descubre que los ojos de Dios son de hecho sus propios ojos, los de Moisés; él es los ojos, los oídos y el corazón de Dios.

La mirada de María nos remite a esa sensibilidad que es el corazón de la espiritualidad lasallista, que no nos deja en una devoción estéril y nos saca de nosotros mismos para mirar a los niños y jóvenes cuya salvación se nos ha confiado. La Salle nos dice: "El los mira con lástima y cuida de ellos como quien es su protector, su apoyo y su padre; pero se descarga en ustedes de ese cuidado. El bondadoso Dios los pone en las manos de ustedes, y toma sobre Sí el otorgarles cuanto le pidan por ellos..." (MD 37,3).

María de Guadalupe es María la Evangelizadora que propone el proyecto de evangelización de su Hijo para el pueblo sencillo, e invita a participar en ese proyecto. Por ello la advocación que da nombre a nuestro Instituto subraya todavía más, no sólo el carácter central de la evangelización en la misión del Instituto, sino también la característica central de la espiritualidad lasallista que es la mediación. Y vista de esta forma, la advocación de Guadalupe ya no puede ser vista como una devoción local, sino que se convierte en un icono universal de nuestra espiritualidad lasallista.

Espíritu de fe y celo: el sentido profundo que da base a nuestra vida

Las Hermanas realizamos la misión con "espíritu de fe y celo":

es una actitud existencial que engloba toda la vida, un modo de situarse en el mundo y de buscar y encontrar a Dios.
Desde el espíritu de fe podemos revivir aquella experiencia de las raíces cristianas: con la muerte de Jesús "el velo del templo se rasgó" (Mt 27,51) y la presencia de Dios se expandió a todo el universo; desde entonces "a Dios hay que adorarlo en espíritu y en verdad" (Jn 4,24).
El espíritu de fe, alimentado por la Palabra de Dios y el sentimiento de fe, según lo propone La Salle, da a la vida espiritual un estilo relacional y dialogal con respecto a Dios, que no se reduce al tiempo de la oración y la liturgia, sino que se proyecta en la lectura de los acontecimientos y, de manera especial, en el encuentro con las personas, sobre todo en la comunidad y en la obra educativa.

Nuestra consagración: un mano a mano con Dios

Animadas por el espíritu de fe podemos vivir nuestro quehacer educativo como el momento privilegiado de encuentro con Dios:

En ese momento podemos sentirnos en un "mano a mano" con la Trinidad, creando, salvando, santificando;
En ese quehacer tan profano como sagrado experimentamos la plenitud de nuestra consagración religiosa;
Luego vendrán los tiempos de oración y celebración para profundizar esa misma experiencia, para contemplar a Dios que nos convierte en instrumentos suyos, para agradecer lo que hemos vivido, para abrirnos a sus inspiraciones y prepararnos a ser mejores ministros.

Ojos para leer la acción de Dios

El espíritu de fe nos da la capacidad de leer los signos de Dios en la historia y en el mundo, y reconocer las "semillas del Verbo" (AG 11) en la cultura, en los pueblos, en las personas de nuestros discípulos. Y por ello nos capacita también para despertar la esperanza en aquellos a los que hemos sido enviadas, y para acompañarlos en el camino hacia su realización humana y cristiana.

• Animadas por el Espíritu podemos ver crecer el Reino de Dios allí donde todavía no se puede nombrar a Dios ni al Evangelio. Y podemos ser signos del Amor de Dios, que llega al hombre mucho antes de que éste pueda reconocerlo.